• VIERNES 12
  • de junio de 2026

Opinión

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La paradoja digital que enfrenta el Perú


Editor
José Sáenz Crespo

Director de Sistemas, Intercollegiate Studies Institute, Delaware, USA


En un país donde la informalidad atraviesa tanto al sector privado como al público, la fragmentación de información es casi una norma. Ministerios que no comparten bases de datos, municipalidades que duplican esfuerzos y organizaciones sociales que trabajan en silos son parte del paisaje cotidiano. Cada área optimiza su propio sistema, pero el conjunto pierde capacidad de impacto. Así, lo que debería ser información útil se convierte en ruido.

El problema no estalla en una crisis visible. Se manifiesta en lo cotidiano: decisiones tomadas con datos incompletos, reportes que tardan semanas, beneficiarios que quedan fuera por errores de registro. En el contexto peruano –donde las brechas sociales exigen respuestas rápidas y precisas–, esta desconexión no es solo ineficiente; es profundamente injusta.

Intentar integrar sistemas parece, a primera vista, la solución lógica. Pero aquí aparece una segunda barrera: la cultura organizacional. En el Perú, muchas instituciones aún operan bajo lógicas jerárquicas, con información concentrada en pocas manos. Compartir datos implica ceder control, y eso genera resistencia. No porque las personas rechacen la tecnología, sino porque temen perder relevancia o quedar expuestas.

Por eso, cuando los sistemas empiezan a “hablar entre sí”, la verdadera pregunta no es técnica, sino humana: ¿están las organizaciones preparadas para escuchar lo que esos datos revelan? Integrar plataformas puede tomar semanas; cambiar mentalidades, años.

La llegada de la inteligencia artificial intensifica este dilema. Bien utilizada, puede democratizar el acceso a la información y multiplicar capacidades en equipos pequeños. Pero sin una cultura clara, corre el riesgo de profundizar desigualdades internas o de reemplazar funciones sin rediseñar roles. En un mercado laboral como el peruano, esto puede traducirse en más precariedad, no en progreso.

El aprendizaje es claro: los datos solo tienen valor si conducen a decisiones. Y las decisiones solo mejoran cuando existe una cultura que confía en la evidencia, promueve la colaboración y pone la misión por encima de la inercia.

El Perú tiene hoy una oportunidad. No parte de sistemas rígidos imposibles de cambiar, sino de estructuras aún en construcción. Esto le da margen para hacer algo distinto: diseñar una transformación digital centrada en las personas, en la que la tecnología no sea un fin, sino un medio.