Opinión

Universidad Científica del Sur
Si consideramos este fenómeno exclusivamente como un asunto de negocios, ignoramos que su tejido está atravesado por conceptos y percepciones específicas.
Existe un núcleo epistémico diseñado no solo para transformar cómo aprendemos, sino qué aprendemos: el conocimiento se segmenta, se jerarquiza y se orienta.
Al estar diseñados con parámetros predeterminados, el territorio de lo que la IA permite elaborar ya está delimitado.
Esta arquitectura no surge de filtros consensuados por una comunidad de científicos que delibera, sino que es una orientación directa de un grupo privado que se ha arrogado las potestades de decisión que antes pertenecían al debate científico y filosófico.
Por tanto, en este laberinto de información, los sesgos se consolidan como estructuras de conocimiento factible; al normalizarse, terminan siendo asumidos como “lo natural”.
De ahí la importancia de la vigilancia cognitiva frente a una cadena de sistemas de aprendizaje que, sin control ético ni epistémico, puede convertirse en un peligro estratégico sin precedentes.
Dejar en manos de las IA el proceso de pensamiento y elaboración de ideas es una concesión cuyos costos ya comenzamos a pagar.
Aquellos que desconocen los flujos complejos y validados de creación del saber –o a quienes simplemente no les importa– incorporan a las IA como la única fuente de procesos y conocimiento.
Lo que inició como una herramienta de apoyo se delega hoy de forma masiva; el peligro es la sustitución total, lo cual convertirá en marginal la producción humana de conocimiento.
Si renunciamos a la creación de ideas –característica esencial que se convirtió en nuestro valor diferencial evolutivo– para cederla a un ecosistema tecnológico que pronto se retroalimentará a niveles desconocidos, nuestros márgenes de reacción se complicarán.
Es vital atender qué le cedemos a esta dimensión que absorbe nuestros datos personales y, acaso, ya determina nuestras acciones futuras.
Lo que conocíamos como libre albedrío, esa condición inherente y esa libertad alcanzada tras ciclos históricos, puede estar disolviéndose, paradójicamente, por las mismas tecnologías inventadas para, supuestamente, hacernos más libres.