Opinión
Periodista
Los jefes militares zanjaron el asunto en el célebre Juicio de las Armas, que favoreció a Ulises por su inteligencia. En respuesta a este fallo, Áyax se quitó la vida, enceguecido por la derrota.
El profesor Jesús García Cívico, en un estudio para la Universidad de Valencia, describe a Áyax como el reflejo del paladín de corte arcaico, al mostrarlo como el “guerrero impávido fiado en su fuerza y su coraje, inflexible y firme”, mientras que de Ulises dice que es el “combatiente astuto, que habla como un héroe de muchos recursos, luchador independiente y sabio”.
La tradición aristocrática griega denota simpatía por Áyax porque representaba valores venerados como la fuerza bruta, el heroísmo físico y la tradición de los guerreros que no cambian de parecer, que prefieren caer antes que doblegarse.
La escuela filosófica conocida como cínica, que defendía la independencia individual, rechazaba las convenciones y despreciaba las jerarquías sociales y las normas tradicionales de la sociedad, respaldaba a Ulises por su capacidad de gobernarse a sí mismo, de adaptarse a las circunstancias, de sobrevivir gracias a su mente y no a su linaje. Consideraban que Ulises representaba la inteligencia en movimiento, mientras que Áyax la inmovilidad aristocrática, el tipo que cree que merece todo solo por ser quien es y que es incapaz de evolucionar cuando las reglas cambian.
En ese contexto, García Cívico explica que existir en la Grecia antigua significaba ganar y sobrevivir en una competencia feroz. En esa mentalidad, el competidor medía su valor estrictamente por el triunfo y la facultad de dominar al resto. Por ello, figuras tomadas como ejemplares percibían la derrota como una intolerable muerte civil.
Lo importante es que la civilización ha evolucionado, pasó de un territorio donde imperaba el derecho del más fuerte y la pretensión de devorar la legitimidad, hasta alcanzar una ética que empuja al talento ciudadano –emparentado con el poder de adaptación de Ulises– a comprender que la viabilidad de la república depende de la victoria de la facción que sabe adaptarse a las circunstancias y sobrevivir gracias a su inteligencia y honradez.
En tanto, la verdadera caída de Áyax no ocurrió en el campo de batalla, sino en la intimidad de su mente herida. Incapaz de concebir que el veredicto ajeno no coincidiera con su propia certeza de victoria, se convenció de que el proceso había sido manipulado. Así, en lugar de aceptar el dictamen del consejo, prefirió indignarse y desatar la discordia, y con ello arrastró la estabilidad de toda la comunidad.