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  • de junio de 2026

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Programa juntos

Juntos en la vida y en el trabajo: las escobas que cambiaron su destino

Entre sombreros de ala ancha, machetes, costales y canastas, la pareja se prepara para dirigirse al campo. Allí los espera el sorgo, una planta humilde que años atrás llegó a sus vidas como un simple puñado de semillas y que hoy se ha convertido en el motor de su economía familiar.

Mientras terminan de alistarse, despiertan a Luz, su nieta de 13 años. Desde los seis vive con ellos, luego de que sus padres se separaran y su madre migrara a Pucallpa en busca de trabajo. Fue entonces cuando la familia se incorporó al programa Juntos, del Ministerio de Desarrollo e Inclusión Social, que promueve el acceso de niñas y niños de las zonas más vulnerables a los servicios de salud y educación.

Luz cursa actualmente el segundo año de secundaria en la institución educativa Raúl Valdez Gordon. Cuando termina sus clases, ayuda a sus abuelos en las labores del campo y en la elaboración de las escobas que hoy son reconocidas en toda la región.

Un regalo inesperado

La historia de este emprendimiento comenzó de la manera más inesperada.
Arístides recuerda que, durante una búsqueda de empleo en Pucallpa, un anciano se acercó a él y le entregó unas semillas.

—Te las regalo —le dijo. No solo le obsequió las semillas. También le explicó qué era el sorgo, cómo cultivarlo y de qué manera podía transformarlo en escobas.
“Me contó el negocio en apenas dos minutos. Fue como un ángel que apareció en mi camino”, recuerda Arístides con emoción.

En aquel momento no prestó demasiada atención. Sin embargo, días después, la curiosidad pudo más. Preguntó a vecinos y conocidos, pero nadie supo orientarlo sobre aquellas semillas. Hasta que aprovechó la visita de un gestor local del programa Juntos.

Juntos buscaron información en internet, revisaron tutoriales en YouTube y aprendieron cada paso del proceso. Lo que comenzó como una simple consulta terminó convirtiéndose en una oportunidad de vida.

Sembrar esperanza

Con las herramientas que tenían a mano —palas, machetes y palos— la familia inició la preparación de una hectárea de terreno. No había maquinaria ni experiencia previa, solo ganas de salir adelante.

La espera fue larga. Seis meses después llegó la primera cosecha: 600 kilos de sorgo. Entonces comenzó otro desafío: aprender a fabricar escobas. Durante tres días secaban las fibras bajo el intenso sol amazónico. Luego venía el proceso de armado, completamente nuevo para todos. Las primeras cien escobas, grandes y pequeñas, fueron vendidas entre vecinos y pasajeros de las embarcaciones que atravesaban la comunidad.

“Las primeras no salían tan bonitas”, admite Arístides entre risas. Las ventas eran escasas y la incertidumbre aparecía con frecuencia. Más de una vez pensaron en abandonar el proyecto. Sin embargo, decidieron insistir.

Cada escoba, una lección

Con paciencia y práctica, la calidad del producto mejoró. Cada visita de los gestores de Juntos se convertía en una oportunidad para seguir aprendiendo. Nuevas técnicas, consejos y estrategias comerciales ayudaron a fortalecer el negocio.

Al principio, Arístides tardaba cerca de 20 minutos en fabricar una escoba. Hoy, gracias a la experiencia acumulada, puede terminar una en apenas ocho minutos.

En el pequeño taller instalado en el patio de su vivienda, cada pieza sigue un proceso minucioso: cortar la fibra a la medida exacta, tejerla, fijarla con alambre y clavos, prensarla y darle forma.

Incluso parte del incentivo económico que recibía del programa Juntos fue destinado a la compra de los palos necesarios para la producción, una inversión que terminó impulsando el crecimiento del emprendimiento.

Cuando la perseverancia da frutos

Lo que comenzó como un experimento familiar hoy se ha convertido en el principal sustento del hogar.

Las escobas de Arístides ya no se venden únicamente en Pampa Hermosa. Han llegado a mercados, comercios y distribuidores de Pucallpa, donde cuentan con clientes habituales que valoran su resistencia y calidad.

El emprendimiento sigue creciendo y con él también los sueños de su fundador.
Arístides anhela construir un taller más amplio, incorporar tecnología que le permita aumentar la producción y generar empleo para otros pobladores de su comunidad.

En Pampa Hermosa, las escobas dejaron de ser solo una herramienta doméstica. Se han convertido en el símbolo de una historia de esfuerzo, aprendizaje y resiliencia.
Porque detrás de cada una de ellas hay mucho más que fibras de sorgo. Hay madrugadas de trabajo, una familia unida, una niña que crece acompañada por sus abuelos y la certeza de que, incluso en los lugares más alejados del país, una pequeña semilla puede transformarse en una gran oportunidad.

Hoy, Arístides mira hacia el futuro con optimismo. Sabe que aún queda mucho camino por recorrer, pero también tiene claro que las semillas que un día recibió de un desconocido ya dieron su mejor cosecha: la posibilidad de construir un destino diferente para su familia.

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