• VIERNES 19
  • de junio de 2026

Opinión

FOTOGRAFIA
REFLEXIONES

El problema del “arte por el arte”


Editor
Mgtr. Alberto Requena Arriola Profesor de la carrera de Historia y Gestión Cultural. Universidad de Piura


 

Esta idea nace a mediados del siglo XIX y se ramifica, bajo distintas formas de autonomía creativa, hasta los movimientos culturales del siglo XX, como mayo del 68. En adelante, el teatro, la danza o el cine no deben tener árbitros que verifiquen la aplicabilidad y la utilidad de las artes. Este argumento tuvo un impacto en la lógica del financiamiento estatal de la cultura: si esta no tiene una “utilidad práctica”, para qué subvencionarla, promoverla, gestionarla o hacer de ella una política pública.

La expresión “el arte por el arte” tuvo una intencionalidad positiva: quitar presión a los creadores de los gustos del público y las apetencias del mercado. Los artistas la veían como una protección a los imperativos de la moda o del financiamiento público. Si el arte tenía algún valor era su finalidad; no para qué servía (su utilidad).

Sin embargo, al considerar que el arte solo vale “en sí y por sí” se olvida de que siempre ha tenido funciones sociales intrínsecas. Este planteamiento es de los profesores Pierluigi Sacco y Doris Sommer, quienes estudiaron las funciones sociales que el arte ha tenido desde la antigüedad. Según su teoría de la “dependencia constitutiva”, la experiencia artística es intrínseca al desarrollo de las personas. Desde esta óptica, el arte tiene funcionalidad y utilidad.

El arte tiene “funcionalidad” porque ayuda a desarrollar procesos cognitivos. Cantar, componer, pintar, bailar, actuar, escribir, cocinar, hablar o leer implican la activación de complejos procesos mentales. A decir de Sacco y Sommer, el arte no es un elemento decorativo de la educación humana, sino su piedra angular. Es decir, el desarrollo de capacidades (como el pensamiento crítico o la empatía) y la experiencia estética no son dos eventos separados, sino aspectos de un mismo proceso integrado.

La ausencia del arte en la formación equivaldría a una injusticia social, ya que permitiría que unos puedan desarrollar esas habilidades y otros no.

Según los autores, el arte debe ser financiado no porque genere una sociedad sofisticada llena de buenos gustos, sino porque crea personas con criterio; crea ciudadanos.

Por otro lado, el arte tiene “utilidad” porque contribuye a la generación de empleo, mueve las cifras del PBI y amplifica la diversidad laboral del sector cultural.

Esta versión ha comenzado a enarbolarse desde la gestión cultural. Hoy solemos decir que quien se expone a las artes aumenta su creatividad, mejora su pensamiento crítico y desarrolla habilidades para el diálogo, lo que demuestran la neurociencia y la psicología.

Pero su lógica es “utilitaria”, ya que el arte sirve para algo más. A diferencia de la primera propuesta, esta se limita a ver el arte como un medio. Si se financian y estimulan las artes es por sus efectos positivos en segunda instancia. El riesgo es que si esos mismos efectos se pueden lograr por el deporte, el entretenimiento o el ocio, no tendría sentido insistir en la especificidad de la cultura. De hecho, se podría preguntar desde las políticas públicas qué es más barato financiar.

Ambos argumentos deben estar en el debate público. Hay que entender bien la expresión “el arte por el arte” y evitar que sea el talón de Aquiles de los gestores de la cultura, las artes y el patrimonio. Utilidad y funcionalidad del arte deben ir unidos.

Ahora bien, ¿qué ocurre con el valor del arte? Esta pregunta es más compleja porque envuelve nociones de moralidad y la búsqueda de la verdad.

El crítico literario George Steiner lo expresó muy bien al reflexionar sobre por qué el arte no fue suficiente para evitar los horrores de la Segunda Guerra Mundial: “Hombres […] que administraban la ‘solución final’ en la Europa Oriental eran profundos conocedores de las bellas artes y en algunos casos ejecutantes de Bach y Mozart. Conocemos a gente de la burocracia de los torturadores y de las cámaras de gas que cultivaban el conocimiento de Goethe, que sentían amor por Rilke; y aquí no tiene peso la fácil excusa de decir: ‘Esos hombres no entendían los poemas que leían o la música que conocían y parecían tocar tan bien’.

Sencillamente no hay prueba alguna de que esos hombres sean más obtusos que cualquier otro y menos sensibles al genio humano, a las energías morales de la gran literatura y del arte”. ¿Cómo responder a estas grandes preguntas? Quizá sea la oportunidad de ahondar en el valor del arte con mayor escrutinio.