Opinión
Periodista
En la puerta del Estadio Nacional soltábamos la mano de nuestros padres para subir de a dos los escalones, esperando el momento exacto en que el cemento terminaba y empezaba el estallido.
De pronto, descubríamos que el pasto era verde, y que las camisetas de la ‘U’ eran cremas y las de Alianza, azul y blanco. Nada era monocromático como piadosamente nos hacía creer la difunta, pero respetable, televisión en blanco y negro. El estadio, para los niños, dejaba de ser el lugar donde íbamos a ver un partido para convertirse en el sitio donde la vida, por fin, se pintaba a colores.
Mi padre caminaba sin prisa por subir esas escaleras. En la puerta nos soltaba la mano y nos pedía que no corriéramos. Pero se traicionaba. Deshacía la orden al sonreír. En silencio nos autorizaba a encontrarnos con la verdad.
Con mi hermano ingresábamos al estadio con el espíritu libre. Las manos también las llevábamos libres, sin gaseosas, sin golosinas, sin baratijas, porque mi padre decía que al fútbol había que ir con las manos vacías para aplaudir las buenas jugadas, y la boca limpia para gritar los goles. Ir al estadio con él era aprender la lección de sentarse en la tribuna a mirar el partido sin más que el entusiasmo.
Mi padre fue un apasionado hincha de Alianza Lima. Contaba que a inicios de los años 30, cuando tenía entre 12 y 14 años, vio por primera vez al cuadro de La Victoria y quedó deslumbrado. Yo no seguí sus pasos, decidí hacerme hincha del eterno rival, de Universitario de Deportes.
Sin embargo, no lo tomó como una traición, como una afrenta personal. Al contrario, alimentó mi libertad. En vez de reprocharme, me contaba las historias de Lolo, de Toto Terry, de Plácido Galindo, de Eduardo Astengo. Me enseñó a amar mis colores desde el respeto a los suyos.
Han transcurrido cinco décadas. Hoy recuerdo su mano que soltaba la nuestra a la vera de la escalera del Estadio Nacional para permitirnos descubrir el mundo, diciéndonos, con su discreta sonrisa, que la vida se debe ascender con energía, con entusiasmo, sin miedo al estallido de luz y descubriendo con optimismo un mundo que pensábamos diferente.
Él siempre se quedó un paso atrás, vigilante, alentándonos con su sonrisa que escondía tras sus ojos guardianes y su ceño fruncido.
Va por ti, papá, que aplaudes con las manos libres desde la tribuna del cielo, y va por todos los papás que soltaron la mano de sus hijos solo para enseñarles a ver la vida a colores. Feliz Día del Padre.