• JUEVES 25
  • de junio de 2026

Opinión

FOTOGRAFIA
reflexiones

Recordar y permanecer


Editor
Christian Capuñay Reátegui

Periodista

ccapunay@editoraperu.com.pe


Nos despedimos de las personas que amamos cuando parten, pero también cuando cambian, cuando toman otros caminos o cuando las circunstancias transforman vínculos que parecían inalterables. Nos despedimos de lugares que creíamos permanentes, de amistades que se diluyen con el tiempo y de proyectos que alguna vez ocuparon un espacio central en nuestras vidas.

Quizá las despedidas más difíciles sean aquellas que no tienen una fecha precisa. No existe una ceremonia que marque su inicio ni un momento exacto en el que podamos afirmar que han concluido. Son procesos lentos. Se desarrollan mientras la vida continúa. Un día advertimos que una rutina desapareció, que una conversación dejó de repetirse o que una ilusión ya no ocupa el lugar que tuvo durante años.

En esas circunstancias solemos resistirnos. Intentamos conservar intacto aquello que inevitablemente está cambiando. Buscamos explicaciones, repasamos decisiones pasadas o imaginamos escenarios alternativos. Es una reacción comprensible. Después de todo, despedirse implica reconocer que no todo depende de nuestra voluntad.

Sin embargo, la madurez quizá consista en comprender que las despedidas forman parte de la experiencia humana. No porque debamos celebrarlas ni porque dejen de doler, sino porque representan el precio inevitable de haber amado, confiado, esperado o compartido un tramo del camino con alguien.

También existe una dimensión positiva en ellas. Cada despedida confirma que algo tuvo significado. Solo nos cuesta dejar atrás aquello que, de una u otra manera, fue importante. El dolor que acompaña ciertas pérdidas es, en el fondo, una expresión del valor que tuvieron para nosotros.

Con el tiempo descubrimos que despedirse no significa olvidar. Las personas, los lugares y los momentos que marcaron nuestra vida continúan acompañándonos de formas distintas. Permanecen en la memoria, en las enseñanzas recibidas y en la manera en que nos relacionamos con el mundo.

Aprender a despedirse, entonces, no consiste en borrar el pasado ni en renunciar a él. Consiste en encontrar un lugar para aquello que ya no está sin permitir que su ausencia impida seguir avanzando. Es aceptar que algunas historias concluyen, que ciertos caminos se separan y que el tiempo continúa su marcha. Y es comprender, finalmente, que recordar también puede ser una forma de permanecer.