Opinión

Oncólogo médico del Cancer Center Clínica Universidad de Navarra
Desde ese momento del diagnóstico, el cáncer empieza a ocupar espacios que van más allá de lo estrictamente médico. Cambian los planes personales, la relación con el trabajo, la organización familiar, entre otros. Por eso, cuando finaliza el tratamiento inicial, no siempre llega una sensación inmediata de cierre. Para el entorno puede parecer que lo más difícil ha pasado, pero muchos pacientes recién inician una etapa especialmente compleja: la de intentar recuperar una vida que ya no es exactamente igual.
En esa transición pueden persistir distintas secuelas físicas y emocionales, junto con el miedo a la recaída y las dificultades para retomar la vida cotidiana. Además, el paciente pasa de estar muy acompañado por el sistema de salud a sentir, en ocasiones, que queda en una especie de tierra de nadie: ya no está en tratamiento activo, pero tampoco se siente completamente recuperado.
Algunas de las secuelas menos visibles son también las que más condicionan la vida diaria: la fatiga persistente, la ansiedad, los problemas de concentración o memoria, las alteraciones del sueño, el impacto en la sexualidad y la fertilidad, las dificultades laborales o económicas y el aislamiento social. Por eso, no hablamos únicamente de efectos secundarios, sino de necesidades específicas de los supervivientes de cáncer.
Y el reto será cada vez mayor. En 2020, se diagnosticaron aproximadamente 19,3 millones de nuevos casos de cáncer en el mundo, y se estima que en 2040 podrían alcanzarse los 28,4 millones. Estas cifras nos obligan a mirar la oncología y a otros profesionales dedicados al tratamiento de los supervivientes no solo desde la capacidad de curar con tratamientos innovadores, sino también desde la calidad del seguimiento posterior.
Ese seguimiento no debería limitarse a comprobar si el cáncer vuelve. Debe preguntarse cómo vive la persona, si duerme, si trabaja, si tiene miedo, si necesita rehabilitación o si ha podido recuperar su proyecto vital.
Acompañar al superviviente implica explicar bien el plan de seguimiento, ofrecer señales de alarma claras, evitar pruebas innecesarias y escuchar aquello que muchas veces no se verbaliza. Porque sobrevivir no es simplemente estar vivo: es integrar lo vivido sin permitir que la enfermedad lo ocupe todo.