Editorial
La tragedia que enluta a esta nación sudamericana, afectada además por prolongadas dificultades políticas y sociales, exige la solidaridad inmediata de la comunidad internacional. La ayuda humanitaria debe llegar con prontitud a quienes hoy lo han perdido todo. Cuando está en juego la protección de la vida, cualquier diferencia política o ideológica debe quedar relegada.
Lo ocurrido en Venezuela constituye también una advertencia para el Perú. Nuestro país se ubica en una de las regiones con mayor actividad sísmica del planeta debido a la interacción entre las placas de Nazca y Sudamericana. Por ello, el Instituto Geofísico del Perú (IGP) viene señalando desde hace años la alta probabilidad de que, en algún momento, se produzca un terremoto de gran magnitud en la costa central del país.
Esta evaluación responde al prolongado silencio sísmico registrado en dicha zona durante más de dos siglos. La energía acumulada en ese periodo deberá liberarse eventualmente mediante un movimiento de gran intensidad. Aunque la ciencia no puede determinar cuándo ocurrirá ese evento, sí permite identificar el riesgo y adoptar medidas para reducir sus consecuencias.
Ese es el verdadero desafío. La prevención no puede limitarse a reaccionar cuando ocurre una emergencia, sino que debe convertirse en una política permanente. Ello exige fortalecer la coordinación entre el Ejecutivo, el Instituto Nacional de Defensa Civil (Indeci), los gobiernos regionales y locales, las Fuerzas Armadas y todas las instituciones involucradas en la gestión del riesgo de desastres.
En esa misma línea, la realización periódica de simulacros nacionales constituye una herramienta indispensable para fortalecer la capacidad de respuesta de las autoridades y de la población. Estos ejercicios permiten identificar debilidades, corregir procedimientos y fomentar una cultura de prevención que puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte.
Sin embargo, ninguna estrategia será plenamente eficaz sin el compromiso de la ciudadanía. Cada familia debe conocer las zonas seguras de su vivienda, centro de trabajo y de estudios, preparar su mochila de emergencia, definir un plan de comunicación y participar activamente en los simulacros convocados por las autoridades.
Los terremotos que hoy enlutan a Venezuela recuerdan que ningún país ubicado en el Cinturón de Fuego del Pacífico está exento de enfrentar una tragedia similar. El Perú no sabe cuándo ocurrirá el próximo gran sismo, pero sí conoce que ese riesgo existe. La mejor respuesta, por tanto, no es el temor, sino la preparación permanente. De ella dependerá la capacidad de proteger vidas y reducir el impacto de un fenómeno natural que, tarde o temprano, volverá a poner a prueba nuestra capacidad de respuesta.