Opinión
Periodista
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El fútbol es sencillo en apariencia, pero profundamente complejo en su significado. En una cancha conviven la habilidad individual y el esfuerzo colectivo, el azar y el mérito, la estrategia y la improvisación. Un equipo puede dominar un partido y perder por un rebote inesperado. Otro puede resistir hasta el final y encontrar la gloria en una sola jugada. Como la vida, el fútbol no siempre premia al que más merece, sino al que logra convertir una oportunidad en destino.
También es una forma de inteligencia. No solo piensa quien estudia libros o resuelve problemas abstractos. También piensa el jugador que levanta la cabeza antes de recibir el balón, anticipa el movimiento de un compañero y filtra un pase hacia un espacio que nadie más había visto. En ese instante, el fútbol se convierte en una conversación silenciosa: uno se desmarca, otro comprende, el balón viaja y la jugada cobra sentido.
Esa belleza no siempre aparece en la fotografía final. Muchas veces todos celebran al goleador, mientras el asistidor queda en un segundo plano. Sin embargo, quien sabe mirar entiende que el gol empezó antes: en una recuperación, en un cambio de orientación, en una pausa inteligente o en un pase que rompió la defensa. El fútbol enseña que no toda grandeza necesita protagonismo. A veces el mérito consiste en hacer mejores a los demás.
Su dimensión política también es evidente. Los clubes representan barrios, ciudades, memorias familiares e identidades colectivas. Las selecciones condensan afectos nacionales, esperanzas y frustraciones compartidas. En el mundial, esa energía alcanza una escala extraordinaria: durante unas semanas, la humanidad entera parece reunirse en torno a un mismo relato. Cada país compite por vencer, pero todos aceptan las mismas reglas, el mismo árbitro y el mismo campo. Hay rivalidad, sí, pero también una forma de comunidad global.
Quizá por eso el fútbol emociona tanto. Porque no es solo deporte. Es rito, memoria, pertenencia y belleza. Es la alegría del niño que marca su primer gol, la nostalgia del adulto que sigue jugando los sábados, la conversación entre amigos después del partido y el abrazo inesperado con un desconocido en la tribuna.
Y quizá esa sea también la razón por la que las derrotas conmueven tanto. Cuando un jugador abandona el campo entre lágrimas después de ser eliminado de un mundial no llora únicamente un profesional que perdió un partido. Llora también el niño que un día comenzó a jugar en una cancha de tierra, soñando con que algún día estaría allí. Lo expresó de manera inolvidable Jorge Valdano al recordar el gol que marcó en la final del Mundial de México 1986: sintió que, en cualquier momento, su madre lo despertaría para ir al colegio. Ningún triunfo parecía tan extraordinario como para borrar aquel sueño infantil.
El fútbol nos recuerda que los seres humanos necesitamos algo más que trabajo, obligaciones y problemas. Necesitamos jugar, imaginar, pertenecer, competir sin destruirnos y celebrar juntos. En un mundo dividido, una pelota sigue siendo capaz de reunirnos alrededor de una emoción común. Tal vez por eso el fútbol sea un lenguaje sin palabras: porque habla directamente con la parte más auténtica de nosotros mismos, esa que nunca deja de creer que el próximo partido puede ser el más importante de la vida.