Editorial
Mantener las cuentas en orden significa, en última instancia, estabilidad en los hogares y la certeza de que los servicios esenciales no se desplomarán ante el primer embate externo.
A contracorriente de algunos sectores que suelen dilapidar los recursos en épocas de bonanza, el firme timón económico actual parece aferrarse a la disciplina.
El titular del Ministerio de Economía y Finanzas (MEF), Rodolfo Acuña Namihas, señaló que el déficit fiscal anualizado descendió desde el 2.1% del producto bruto interno (PBI) registrado en marzo hasta un expectante 1.3% en junio de 2026.
Esta reducción paulatina del indicador no solo quiebra la inercia del gasto desmedido, sino que también se ubica cómodamente por debajo de las metas previstas para el cierre de este año, fijadas en 1.8%, y del 1.4% proyectado para 2027.
Esta disminución no responde a un milagro, sino a una brecha favorable entre lo que ingresa y lo que se gasta. Durante junio de este año, los ingresos corrientes escalaron un potente 23%, espoleados por vientos internacionales propicios y una sólida recaudación tributaria, mientras que los gastos no financieros apenas avanzaron un discreto 2.4%.
Este descalce positivo oxigena las arcas públicas en un momento crucial. Las condiciones de los precios internacionales de las materias primas actúan actualmente como un viento de cola que el país debe capitalizar con extrema madurez, a fin de evitar que la riqueza transitoria se diluya en el financiamiento de aparatos burocráticos rígidos o planillas insostenibles.
El verdadero examen de esta holgura fiscal no radica en acumular tesoros en las bóvedas del Banco Central de Reserva (BCR), sino en la capacidad estratégica para encarar desafíos ineludibles como el fenómeno El Niño. La resiliencia de una nación se mide por su preparación ante la adversidad. Destinar recursos hacia intervenciones que generen resultados concretos para la ciudadanía y sostener una inversión pública que alcanzó los 26,500 millones de soles en el primer semestre son pasos en la dirección correcta.
La saludable prudencia actual no debe confundirse con la parálisis. El gran desafío que afronta el Ejecutivo consiste en transformar estas cifras macroeconómicas en un beneficio palpable, priorizando obras de calidad que reduzcan las históricas brechas sociales.
Aprovechar la bonanza mineral con responsabilidad es la única vía para construir un escudo financiero sólido. Solo así se garantizará que el bienestar actual no sea el espejismo de una primavera pasajera, sino la base de una auténtica estabilidad de largo plazo.