• LUNES 20
  • de julio de 2026

Opinión

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REFLEXIONES

Los mundos de Sofía


Editor
Rubén Quiroz Ávila

Decano de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Científica del Sur


Por eso, entre tantos siglos de pensamiento, además de voluminosos tratados y catálogos interminables, las cuestiones más simples sobre el propio sentido de nuestra existencia suelen ser los puntos de partida de grandes decisiones e, incluso, tablas de salvación frente a situaciones complejas y difíciles. Aprender a pensar es una manera de que nuestra historia personal adquiera una dimensión singular y de que seamos conscientes de aquello que queremos hacer de nosotros mismos. Y, por supuesto, ello define la forma en que nos vinculamos con los demás. Esa relación con los otros está profundamente enraizada con la razón de ser de nuestras vidas. Aunque sepamos de qué tratan las escuelas o corrientes filosóficas, incluso como expertos y poseedores de una erudición asombrosa, esto no significa que tengamos las herramientas para construir sanamente nuestra relación con el mundo. Hay numerosos casos de contradicciones entre la prédica y la práctica. La teoría puede tener alcances admirables y enrevesarse en asuntos sumamente abstractos, pero el individuo que la ejerce puede estar totalmente alejado de comportamientos respetuosos y prudentes.

De ese modo, la metafórica figura de Sofía nos recuerda ese amor a la sabiduría que poco tiene que ver con la solemnidad, un rostro serio y adusto, o la vanidad del prestigio académico en sí mismo. Esa sabiduría consiste en mantener abiertas las posibilidades de cuestionar y cuestionarse; sin ligereza, pero a la vez sin alevosía; con la sensatez y los sentimientos suficientes para comprender nuestra biografía y el lugar que nos corresponde, y, aun sospechando ello, asumir que todo puede modificarse, cambiar, transformarse. Ante esas posibilidades no cerradas, se erigen los desafíos de interpelaciones posibles y respuestas maravillosamente temporales.

Cuidarnos, tanto a nosotros como a los demás, requiere de esa claridad de pensamiento y de una honra explícita a la existencia. Pensar significa apertura, tolerancia, revisión de las creencias y, fundamentalmente, comprensión. No debe confundirse rigor y disciplina con dureza y crueldad. La sabiduría no se halla en la acumulación de lemas filosóficos o de información hiperespecializada. Como nos ha enseñado Sofía, la encontramos en esa entusiasta curiosidad y en una interminable admiración por el conocer.