• MIÉRCOLES 22
  • de julio de 2026

Opinión

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1986, el año en que se rompieron las costuras


Editor
Ricardo Montero

Periodista


Vivíamos la primavera de una democracia recuperada tras 12 años de dictadura militar, pero el optimismo se marchitaba rápido. Arreciaba la violencia terrorista de Sendero Luminoso y la economía ingresaba a un laberinto, entre otras razones porque el FMI nos declaró país inelegible en respuesta a la decisión del presidente Alan García de limitar el pago de la deuda externa al 10% de nuestras exportaciones.

En esa realidad agrietada daba mis primeros pasos en el periodismo. Acababa de egresar de la entonces Escuela de Periodismo Jaime Bausate y Meza —hoy universidad— y llevaba cuatro años como reportero de la histórica Radio Santa Rosa. Mis primeros ahorros por el trabajo profesional los invertí en un terno que compré en una sastrería de prestigio en el Centro de Lima. Era una prenda costosa, reservada para ciertas ocasiones. 

Un miércoles del caluroso marzo me vestí con ese traje para asistir a una reunión. Al culminar el trabajo, al caer la tarde, llegué al Estadio Nacional para ver el clásico. Conseguí una entrada para Norte y me ubiqué justo debajo de la imponente torre de 47 metros. Evidentemente, mi vestimenta desentonaba con la informalidad de los otros aficionados. 

El primer tiempo fue un calvario. Alianza Lima marcó dos goles y la noche amenazaba con apretar más que mi corbata. Pero en el segundo tiempo, la “U” anotó tres goles y le dio la vuelta al marcador. En el tercer gol salté con tal frenesí que llegué a escuchar el crujido del desastre. Las costuras del pantalón cedieron de rodilla a rodilla, convirtiendo al pantalón en una ventilada falda. 

El bochorno despertó al salir a la calle. Avancé arrastrando los pies un par de cuadras hasta encontrar una sastrería. Ante el fuerte e insistente toque de puerta se asomó un hombre sesentón, quien furioso y despeinado escuchó mi drama. Sin decir palabra, me hizo pasar al taller, iluminado por un foco incandescente que prometía dejarnos a oscuras. El sastre se detuvo frente a su mesa y, sin mirarme, ordenó: “Ahí hay aguja e hilo. Cose tu pantalón”. 

Durante los años ochenta, la llamada década perdida, los peruanos sobrevivimos así, en la penumbra, remendando en soledad nuestras propias costuras descosidas. Hoy, 40 años después, afortunadamente la situación ha cambiado. Ya no somos un país inelegible, sino una nación admirada por su solidez macroeconómica. Tras décadas de andar parchados, tenemos la oportunidad histórica de dejar la aguja de emergencia y comenzar a confeccionar, unidos y con identidad, nuestros propios trajes a medida.