Opinión
Periodista
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Me conmueven las lágrimas del fútbol. Un futbolista tan contenido como Messi las ha derramado ante millones de personas cuando le ha tocado perder. También Cristiano Ronaldo, pese a la imagen de fortaleza casi inquebrantable que proyecta. Lo mismo Maradona, Neymar Jr. y tantos otros jugadores de distintas generaciones y latitudes. Todos ellos, acostumbrados a convivir con la presión, terminan rendidos ante una emoción que ningún entrenamiento enseña a dominar.
Algunos podrían pensar que son reacciones exageradas. Tal vez solo quien haya jugado alguna vez al fútbol pueda comprender la tristeza que implica despedirse de un sueño acariciado desde la infancia, esa etapa en la que una pelota deja de ser un juguete para convertirse en promesa. Lo expresó de manera inolvidable Jorge Valdano al recordar el gol que marcó en la final del Mundial de México 1986: “Pensé que, en cualquier momento, mi madre iba a despertarme para ir a la escuela”. Ninguna frase explica mejor lo que representa un Mundial. Cuando un jugador llora una eliminación, no solo llora el profesional ni el atleta de alto rendimiento. Llora también el niño que un día empezó a correr tras una pelota en una cancha de barrio, convencido de que algún día estaría allí.
Cuando era niño jugábamos los campeonatos de fulbito en La Victoria, mi barrio por aquellos años. Alguna vez llegamos a disputar una final que esperamos con una ilusión imposible de describir. Contábamos los días para que llegara el partido. Toda la cuadra parecía vivir pendiente de ese encuentro. El día señalado acudieron los familiares de los jugadores, los vecinos, los amigos y hasta la barra del equipo rival. Para nosotros era una final del mundo.
No recuerdo el marcador. Tampoco quién anotó los goles. Lo que permanece intacto en mi memoria es que perdimos y que todos lloramos de forma inconsolable después del pitazo final. Regresamos a casa cabizbajos, con esa tristeza inmensa que solo puede sentirse cuando uno es niño y cree que las derrotas son definitivas.
Con los años entendí que aquellas lágrimas no eran muy distintas de las que hoy veo en un Mundial. Cambian los estadios, la calidad de las canchas, el número de espectadores y la trascendencia del torneo. Pero no cambia la emoción. En el fondo, quienes lloran no lo hacen únicamente por un partido perdido. Lloran por un sueño que comenzó muchos años antes, cuando una pelota empezó a rodar en una calle cualquiera y un niño creyó, con la fe inquebrantable que solo tienen los niños, que algún día el mundo entero lo estaría mirando.