• LUNES 27
  • de julio de 2026

Opinión

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APROXIMACIONES

Ser peruanos en la diversidad

Una vez reconocida y aceptada la variedad racial [...] lo segundo es aprender a convivir con el otro diferente a mí.


Editor
 Paola Celi Arellano

Profesora de la Facultad de Humanidades. Universidad de Piura


En distintas partes del mundo, hay gente que viaja, a veces en condiciones inhumanas, dejando atrás todo lo que conoce, en busca de nuevas oportunidades o, simplemente, con la esperanza de preservar su existencia. Nuestro país también es un ejemplo de ello. La más reciente oleada de migración que vivió el Perú fue la de los ciudadanos venezolanos, que trajeron su bagaje cultural a un país ya diverso. Todo apunta a que el mundo debe prepararse no tanto para la unidad o la igualdad, sino para la convivencia con el otro, que es diferente ya sea por su idioma, sus costumbres, su religión o sus preferencias políticas.

Este reto es mayor en naciones demasiado diversas como Perú, que lo ha sido incluso desde antes de la llegada de los españoles a América y que ha visto, década tras décadas, como ante una contienda electoral, por ejemplo, resurgen grupos con posturas irreconciliables y que intentan minimizarse unos a otros. Ante esto, la gran pregunta es ¿cuáles son los obstáculos más urgentes de resolver para aprender a convivir entre ciudadanos que no son iguales y que, probablemente, nunca lo serán?

Lo primero y más urgente es reconocer y aceptar la diversidad. En las redes sociales es común el comentario: “No pareces peruano”, en videos en los que aparecen personas de tez clara, cabello castaño y ojos azules o verdes; pero también se dice “tienes cara de inca”, cuando, en efecto, quien está frente a la pantalla posee marcados rasgos indígenas. La diferencia es que el primer comentario suele usarse como halago y el segundo, como insulto.

En Perú, la raza no define la nacionalidad: se puede ser blanco o moreno, de cabello ondulado o lacio, ojos azabaches o color claro. Un poema de Esteban de Terralla y Landa de 1672 evoca, con esteticismo, parte de esta diversidad: Verás después por las calles / grande multitud de pelos / indias, zambas, mulatas / chinos, mestizos y negros. Mientras no aceptemos que lucimos distinto, seguiremos pensando que los aspectos raciales nos otorgan una superioridad tirana frente a los demás.

Una vez reconocida y aceptada la variedad racial, que tiene fuertes implicancias culturales, lo segundo es aprender a convivir con el otro diferente a mí. En este mundo polarizado, tendemos a formar grupos con personas afines a nuestros ideales, lo cual es normal; pero, en ese afán, terminamos por aislarnos, ubicando a los demás en el extremo opuesto, incapaces siquiera de intercambiar opiniones sin llegar a la violencia verbal.

Es necesario empezar a dialogar, y no me refiero aquí al intercambio de comentarios en una publicación de red social, que parece más un escenario de batalla; me refiero al diálogo por el que “el Otro deja de ser sinónimo de lo desconocido y lo hostil, de peligro mortal y de encarnación del mal” (Kapuscinski, 2007, Encuentro con el otro). Cuando se tiene este tipo de apertura hacia los demás es posible incluso hallar una parte de mí mismo en el otro.

Lo dicho hasta ahora no niega la existencia de elementos unificadores, por ejemplo, el mismo territorio, los símbolos patrios, las selecciones deportivas y los políticos que nos gobiernan. Estos últimos, una vez instalados en el poder, deben cumplir con una gran responsabilidad: representar, expresar y luchar por las necesidades y problemas de todos los peruanos.

¿Por qué de todos? Porque, en palabras de Jorge Basadre, el pueblo lo constituyen “todas las clases que aportan algo productivo en la vida social, cada una en su esfera y dentro de su personalidad”.

En conclusión, explicar lo que es “ser peruano” es demasiado complejo si nos ceñimos a un biotipo, a unas costumbres o a unas ideologías. Somos muy diferentes, pero somos peruanos. El sentimiento de pertenencia a este país no depende de nuestras semejanzas, sino de la capacidad de mantenernos cohesionados, de luchar por un bien común y valorar y cuidar al otro. Esa fue la gran enseñanza que nos dejó el último gran ciudadano peruano que vivió por décadas en este territorio: el papa León XIV.