• LUNES 3
  • de agosto de 2026

Cultural

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FIL Lima 2026

Margarita García Robiano: “es maravilloso contradecirse”

Las escritoras latinoamericanas ya no están encasilladas como mujeres que escriben, afirma la autora colombiana.

Editor
José Vadillo Vila

Periodista



Con la antología Primera persona (Barcelona, editorial Anagrama, 2026), compuesta por once textos autobiográficos, la autora colombiana pone a flote esas “tres o cuatro obsesiones, fijaciones, en estos textos y en los otros libros”. 

“Es lógico, uno no tiene tantos temas que lo convocan. Los puedes disfrazar de novela, cuento, ensayo… ponerle diferentes vestidos a las mismas obsesiones. En mi caso, tienen que ver con cosas que son como banales, pero que, al mismo tiempo, son las que fundamentan la vida de cualquiera. A mí me interesa esa observación constante, detallada, hasta el punto de encontrar quizás la fisura en esas cosas que, normalmente, naturalizamos”, cuenta a su paso por la Feria Internacional del Libro de Lima (FIL Lima 2026). Solo advierte una cuestión: nada es constatable en Primera persona.

-Ud. vive un par de décadas en la Argentina, ¿continúa identificándose como una autora caribeña? 
-Absolutamente. Yo vivo en Buenos Aires, pero mis temas de escritura, mis obsesiones literarias, mis escenarios dentro de mis libros son el Caribe colombiano. Mi proyecto pasa por tratar de entender y retratar ese espacio y esa ideología; esa idiosincrasia y ese ecosistema en el que crecí. Entonces, por muy lejos que uno se vaya, siempre termina escribiendo sobre los temas que más le convocan y que tienen que ver con la pertenencia.

-Primera persona significó un ejercicio de relectura. ¿Cómo se sintió al reencontrarse con esa escritora que, tal vez, ya no es la misma?
-Es rarísimo. Es como mirar un álbum de fotos antiguas y verse con otro peinado, con una ropa que ya no gusta. Y, al mismo tiempo, es tener que aceptarse. Siempre está la tentación de reescribir los textos, de cambiar de opinión. En fin, un montón de decisiones que hoy, quizás, tomaría distinto con respecto a esos textos, pero, al mismo tiempo, me siento muy reconocida. Entonces, sería ridículo tocarlos. Lo que se hizo fue una edición definitiva del texto que, además, está aumentada. Entonces, lo más interesante de una antología es ver ese arco en el que una narradora puede contradecirse, cambiar de opinión, enriquecer con sus textos y, también, seguir reconociéndose. 

-¿Es lícito contradecirse? 
-Absolutamente. Es maravilloso contradecirse. Es deseable contradecirse. Si uno mantiene las opiniones y las posturas con respecto a temas esenciales es porque no los ha pensado lo suficiente. Si uno debate, discute acerca de temas particulares, tiene que tener cómo pararse en diferentes lugares para observar ese motivo. Y eso, por supuesto, conlleva un cambio de mirada frente a lo mismo. Soy un especialista en contradecirme y me encanta apostar por ese camino. 

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-¿Continúa el estigma en las ferias del libro, como señala en uno de los textos, que encasilla a las autoras a mesas donde se habla sobre mujeres o feminismo?
-Ha cambiado bastante y para bien. Las escritoras latinoamericanas se han ganado, a fuerza de su talento, un lugar en la conversación que no están más encasilladas en el hecho de que sean mujeres que escriban, que son dos categorías completamente genéricas. Ahora tiene que ver más con su proyecto y propuesta literaria sólida. Ese texto, no me acuerdo el año en que fue escrito, refiere al momento en que más sucedía esto: había varias conversaciones en agenda de feminismo que llevaba a que todo tuviera que ir en ese sentido. Creo que, ahora, por suerte, no sucede tanto más. 

-¿Se siente cercana de su generación de autoras hispanoamericanas; a la peruana Gabriela Wiener, por ejemplo? 
-Por supuesto. Me siento cerca, no tanto en términos de formato, estética o temas, pero sí de ser parte de una generación que busca hacerse una voz propia sin necesidad de seguir mandatos, o de inscribirse necesariamente en una tradición ya consolidada. Admiro muchísimo lo que hace Gabriela [Wiener]. Su obra es muy singular, no se parece a casi nada de lo que yo he visto por ahí de lo contemporáneo. Ha hecho una obra supersólida.

-¿Construir “una voz” se hace más difícil frente a las exigencias editoriales?
-No conozco casos cercanos. Es más, un mito. Sí creo que la voz propia depende mucho del propio deseo. Lo que uno tiene que preguntarse antes de sentarse a escribir es ¿por qué?, ¿qué es lo que hace que uno se tome el trabajo de construir una historia, de poner en palabras algo que tiene que ser más de índole emocional? El argumento puede ser cualquiera; después, puede cobrar forma de cuento de terror, realista, de ciencia ficción, lo que sea. 

-En “Amar al padre”, hace referencia a sus amores. Leí el libro de Martín Caparrós, Antes que nada, donde él también habla de su relación… 
-Pienso que el “yo” es una construcción. Es decir, uso de la vida lo que me sirve para construir una ficción que se sostenga dentro de un texto narrativo. Por supuesto que la verdad, entre comillas, a la que quiero acceder no es fáctica. No es constatar si esto es verdad o mentira. ¿Cuáles son las escenas reales, los escenarios? Creo que nada es constatable en Primera persona. Son todas construcciones, trucos literarios. Me parece mejor desdoblar un personaje. Entonces, son distintas aproximaciones. En el caso del libro de Martín [Caparrós], me parece fabuloso. Fuimos pareja, pero, además, tenemos una relación sostenida en el tiempo. Su libro es una autobiografía y yo estoy muy distante de ese género. Creo que se necesita un periodo de vida suficiente como para mirar hacia atrás y decir, ‘yo fui esto, estos fueron mis aciertos, estos fueron mis fracasos’. Y tratar de construir una versión de sí mismo desde un futuro. Estos textos [de Primera persona] no tienen nada que ver con eso. Están escritos en un riguroso presente, en el cual la narradora transita las situaciones con nosotros. No hay un componente de aprendizaje o de moralidad. Hay puras preguntas, puras búsquedas que, por suerte, se siguen manteniendo.

-En su caso, por el oficio, ¿la escritura es un ejercicio gozoso?
-Fácil no es. Es dificilísimo. Sobre todo, en términos de condiciones de producción. Me resulta muy placentero escribir. No podría hacer otra cosa. Cuando no escribo, me pongo de muy mal humor. Me encanta el oficio que elegí, pero cuesta mucho porque depende de condiciones. Tengo hijos pequeños, dicto clases, tengo un trabajo. Entonces, los tiempos de escritura propia cada vez son más escasos. Y esa es la parte dura. En general, los escritores latinoamericanos tenemos dos trabajos: aquel del que vives y aquel que te da más placer, que es la escritura. Pero si, además, eres madre o padre, tienes tres trabajos. Hay que escribir de madrugada, no dormir. 

-Las nuevas tecnologías son otro tema cuando hoy se habla de escritura creativa. A algunos lectores parece no interesarles mucho marcar las fronteras. 
-A mí me parece, realmente, una catástrofe. Entiendo que hay un montón de áreas en las que ese tipo de tecnologías son útiles, pero en el campo de lo creador me parece aplastante. Muchas veces, cuando he sido convocada para ser jurado de concursos, es tan evidente que mucho material está hecho por inteligencia artificial (IA). Lo único que no se puede simular es la voz propia, la singularidad, aquello que uno y nadie más le puede aportar al texto. No porque sea mejor o peor, sino porque es único. La batalla es de la singularidad contra los genéricos. La convicción tiene que ser así de tajante. Nadie más podría escribir esta historia salvo yo. O sea, todas esas cosas que nos hacen únicos es lo que tiene que expresarse en los textos de literatura. Y lo que hace la IA es todo lo contrario: anula todo tipo de singularidad para convertirlo en una figura genérica.

-Ud. creció con una gran biblioteca familiar, ¿hoy la tecnología nos acerca a la cultura de los libros?
-Odio ser nostálgica o romántica con lo que era antes, pero creo que tenemos que encontrar un camino de vuelta a algo que sea, por lo menos, similar a lo que eran los libros para quienes crecimos con ellos. Yo tenía una biblioteca completamente ecléctica. Crecí leyendo la revista Selecciones, la literatura de mi papá, las novelas de Corín Tellado… Había una mezcla muy rara en nuestros consumos, pero era muy interesante que uno se acercaba a los libros por el puro gusto y porque hacía mucho calor en mi ciudad: uno no podía salir al mediodía a montar bicicleta porque te morías. Entonces, agarrabas un libro, prendías el ventilador. Hay algo de ese gusto que intento transmitírselo a mis hijos. Les gusta leer, pero darles un celular es saber que la batalla está perdida. El último de los textos de Primera persona se llama “Casa llena”, y está dedicado al tema de la crianza o el desconcierto. Mi regla es que cuando no hay sol, pueden agarrar los dispositivos. Cada uno se aferra ellos y me pregunto, ¿qué tienen que no les pueda dar yo? Y cuando me asomo un poco digo, por supuesto, tienen el mundo entero’. Es muy difícil combatir con eso. Me lo pregunto todos los días y, realmente, no encuentro un camino fácil. 

(FIN) JVV/JVV