• JUEVES 6
  • de agosto de 2026

Opinión

FOTOGRAFIA
reflexiones

Pequeñas eternidades


Editor
Christian Capuñay Reátegui

Periodista

ccapunay@editoraperu.com.pe


Aquel reloj fue un testigo silencioso del siglo XX. Sobrevivió a dos guerras mundiales, a crisis económicas, a revoluciones tecnológicas y, probablemente, también a miles de historias que nunca aparecerán en los libros. Quizá estuvo presente el día de una boda, marcó la hora del nacimiento de un hijo, acompañó una despedida en una estación de tren o permaneció inmóvil sobre una mesa mientras alguien recibía una noticia capaz de cambiarle la vida para siempre.

A veces me gusta imaginar el camino que recorrió hasta llegar a mis manos. Tal vez perteneció a un suizo que, ya anciano, acostumbraba sentarse cada tarde en un parque de Ginebra para mirar pasar la vida. Quizá, tras su muerte, pasó a manos de un hijo o de un nieto. Tal vez permaneció olvidado durante años en el fondo de un cajón hasta que alguien volvió a darle cuerda. En algún momento cruzó el océano, cambió de idioma, de continente y de dueño, hasta terminar aquí, latiendo otra vez con una puntualidad admirable.

Mientras lo observaba comprendí que, en realidad, no era el reloj el que había sobrevivido al tiempo. También habían sobrevivido quienes alguna vez lo llevaron en la muñeca. No físicamente, por supuesto, sino en las pequeñas huellas que dejaron en otros. Tal vez ese anciano suizo ya no exista desde hace décadas, pero una parte de su historia sigue latiendo cada vez que ese mecanismo vuelve a ponerse en marcha.

En ocasiones también me gusta pensar en las manos que hicieron posible este pequeño milagro: el artesano que colocó pacientemente cada rueda, el tren de engranajes, el escape y el volante; el relojero que afinó su marcha con una paciencia infinita para que, décadas después, su latido siguiera siendo preciso.

Un reloj es mucho más que un instrumento para medir el tiempo. Es la suma del talento de quienes lo imaginaron, de la paciencia de quienes lo construyeron y de la vida de quienes lo llevaron consigo. Cada marca sobre su caja, cada desgaste en la corona y cada leve arañazo cuentan una historia irrepetible. Tal vez por eso los relojes antiguos despiertan tanta fascinación: porque no solo conservan un mecanismo, también preservan la silenciosa memoria del tiempo. En realidad, no somos propietarios de un reloj. Apenas somos sus custodios. Lo recibimos de quienes estuvieron antes y, con un poco de suerte, algún día lo entregaremos a quienes vendrán después.

Y así como hay relojes capaces de desafiar al tiempo, también existen personas que se marchan sin irse del todo. Permanecen en una manera de hablar, en una costumbre heredada, en un consejo que regresa inesperadamente o en una sonrisa que reconocemos años después en el rostro de un hijo. Su presencia continúa latiendo en los demás con la misma discreción con la que un viejo reloj sigue marcando las horas.

Quizá ocurra lo mismo con la vida. Pasamos los años intentando vencer al tiempo, cuando en realidad lo único que permanece son las huellas que dejamos en los demás. Un viejo reloj puede seguir latiendo durante un siglo. Nosotros también, aunque de otra manera: en una palabra heredada, en una enseñanza, en un gesto de amor o en un recuerdo que alguien conserva sin saber que, gracias a él, seguimos acompañándolo. Tal vez esa sea la forma más silenciosa y más hermosa de vencer al tiempo. Porque existen objetos destinados a medir las horas, pero también existen vidas capaces de convertirse, sin proponérselo, en pequeñas eternidades.