• VIERNES 7
  • de agosto de 2026

Opinión

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APROXIMACIONES

Los hábitos en el desarrollo humano

Toda persona desarrolla comportamientos en diferentes lugares: el hogar, el barrio, la escuela o el trabajo.


Editor
Mgtr. Alberto Requena Arriola

Profesor de la carrera de Historia y Gestión Cultural. Universidad de Piura


Todos estos son ejemplos de lo que ocurre en otras partes del planeta. Para un europeo o asiático está en su cotidianidad; sin embargo, para un peruano sea quizás algo inimaginable. ¿Qué hace posibles estos comportamientos? ¿La cultura jugará algún rol en el desarrollo de los hábitos sociales?

La intención de este artículo no es presentar “culturas superiores” versus “culturas inferiores”, sino comprender qué ha sucedido para que algunos comportamientos no solo sean individuales sino colectivos. Es posible utilizar algunos enfoques o teorías que expliquen, por ejemplo, por qué la gente paga sus impuestos a tiempo, bota la basura en lugares adecuados, respeta el silencio vecinal sin música estruendosa o, simplemente, respeta a los peatones en las pistas. En estos ejemplos, al menos hay unas cuantas explicaciones posibles: la confianza social, las normas internalizadas y el rol de las instituciones.

Toda persona desarrolla comportamientos en diferentes lugares: el hogar, el barrio, la escuela o el trabajo. Si se repiten constantemente, se convierten en hábitos; si estos se orientan al bien, se les denomina virtudes; y si tienden al mal, definitivamente, son vicios. Algunas comunidades han logrado establecer virtudes entre sus ciudadanos. La gran pregunta es ¿cómo lo hicieron? Desde la perspectiva de la “confianza social”, se considera que quien hace el bien repetidamente no solo es un buen ciudadano, sino que no obstaculiza el desarrollo de su comunidad. Devolver un objeto perdido no es sinónimo de ser un tonto; es una actitud positiva que ayuda a fomentar el bien común. Claro está, este tipo de acciones mejoran si existen instituciones que las fomentan. En Japón, están los Koban, que son pequeñas estaciones donde puedes dejar los objetos encontrados.

Por otro lado, bajo la mirada de las “normas internalizadas” se podría explicar que en Austria (como en muchos países de la UE) puedes subir al metro sin mostrar tu billete, lo que agiliza el desplazamiento en horas punta. El ciudadano sabe que es un deber pagar por el transporte, y no lo evita. Lo singular aquí es que el modelo permite vivir en comunidad de manera honesta. Saltarse el sistema puede tener consecuencias duras, como multas económicas si se descubre que no se ha pagado o la censura social del resto de pasajeros o de un acompañante cercano. Sentir vergüenza por un mal comportamiento es algo internalizado desde el hogar y reforzado por la sociedad civil.

Otra perspectiva importante es aquella que destaca el rol de las instituciones. Finlandia ha establecido un modelo de autoservicio en bibliotecas públicas. Con ello, cualquier amante de la lectura puede acudir en diferentes horarios y acceder a un servicio eficiente de préstamo de libros, discos, juegos y otros materiales que brinde esa institución cultural. Inclusive puede acceder a las instalaciones de manera autónoma (salas de estudio, impresoras 3D, etc.). Aquí la clave no solo yace en el individuo, sino en los organismos que se animan a institucionalizar comportamientos basados en el respeto por el otro. No es que no existan sanciones o que no haya videovigilancia, la clave es haber logrado que las personas piensen más allá de sí mismas.

Ya hace unos años, pensadores como Richard Sennett advertían que nos estábamos encerrando tanto en nuestras casas que la calle nos empezó a parecer un lugar extraño u hostil. Este desarraigo voluntario producía cierta apatía por lo común, lo vecinal o lo comunitario. La vida urbana se convertía en una experiencia desagradable. Cada quien –sin reglas ni proyectos comunes– vivía su propia ley. Los países que se han dado cuenta de esto han actuado: invirtieron en educación e instrucción ciudadana a través de los medios de comunicación. Se ha propiciado así evitar ese desarraigo individual y abandono de lo público.

Los hábitos sociales pueden ser moldeados para fomentar procesos civilizatorios (o, si se quiere, ciudadanos). Si se piensa de manera integral, el desarrollo humano debe considerar los hábitos como componentes fundamentales de su éxito o fracaso. Quizás no tenemos un Koban a la vuelta de la esquina, pero si empezamos por no tocar la bocina como locos, sería un primer paso para ese gran cambio.