Opinión
Decana de la Facultad de Negocios de la U. Norbert Wiener
En los últimos años, nuestro país ha acercado los servicios financieros a millones de ciudadanos. Hoy es posible realizar operaciones desde el celular. Este avance merece ser reconocido, pero también nos obliga a preguntarnos: ¿estamos formando ciudadanos capaces de tomar decisiones financieras informadas y responsables?
Según el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), durante el primer trimestre de 2026 el 63.9% de la población de 18 años a más ya contaba con al menos un producto financiero, 4.4 puntos porcentuales más que en el mismo periodo del año anterior. Sin embargo, la inclusión financiera no culmina cuando una persona abre una cuenta. Ese es apenas el punto de partida.
Una cuenta bancaria, una billetera digital o una tarjeta de crédito no mejoran la calidad de vida por sí solas. Lo hacen cuando quienes las utilizan comprenden cómo funcionan, identifican riesgos y toman decisiones pensando en el largo plazo. De lo contrario, pueden convertirse en una fuente de sobreendeudamiento o vulnerabilidad frente al fraude.
La transformación digital ha acelerado este desafío. Solo en diciembre de 2025 se registraron más de 1,255 millones de operaciones mediante billeteras digitales y aplicativos móviles, según la Superintendencia de Banca, Seguros y AFP (SBS). Esta facilidad también exige preparación. Hoy basta un clic para solicitar un crédito, diferir una compra o contratar un servicio financiero, muchas veces sin conocer plenamente sus implicancias.
Por ello, hablar de educación financiera ya no significa únicamente enseñar a ahorrar. Significa formar personas capaces de analizar información, comparar alternativas, planificar sus gastos, comprender el costo real del crédito y desenvolverse con seguridad en un entorno cada vez más digital.
La verdadera inclusión financiera no se mide únicamente por el número de cuentas abiertas o de pagos digitales realizados. Se refleja en la capacidad de las personas para administrar sus recursos con criterio, proteger su patrimonio y aprovechar las oportunidades del sistema financiero. En un país que avanza hacia una economía cada vez más digital, invertir en educación financiera no es un complemento de la inclusión: es la condición indispensable para que genere bienestar y desarrollo sostenible.