Opinión
En la redacción, unos 30 periodistas trabajábamos con puertas y ventanas cerradas para dejar afuera el invierno limeño, encerrándonos con un humo que no encontraba ni siquiera una rendija por donde escapar. Todos fumábamos. Los fumadores activos, fumaban. Los ocasionales, fumaban. Los que habían prometido dejar el cigarrillo, fumaban. Los resfriados, fumaban. Los que tosían, fumaban. Y hasta los que aseguraban que el cigarrillo los estaba matando fumaban mientras lo decían y respiraban con dificultad. Los pocos que no fumaban aspiraban nuestro humo. A las cinco de la tarde, ya no era una redacción. Era una nube.
En 1986 — 40 años atrás—, el cirujano general de EE. UU., responsable de comunicar a sus conciudadanos información vital para mejorar la salud y prevenir enfermedades, reveló que “el tabaquismo pasivo es causa de enfermedades, incluido el cáncer de pulmón, en personas sanas no fumadoras”.
Hoy, la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que el tabaco mata a más de 7 millones de personas al año, de las cuales 1.6 millones no fuman, pero están expuestas al humo ajeno. Lo contradictorio, según el mismo organismo, es que alrededor del 80% de los 1,200 millones de consumidores de tabaco en el mundo viven en países de ingresos medianos o bajos.
En la redacción — y en las de otros medios— convivíamos con aire viciado ocho o diez horas diarias. Yo fumaba cerca de 10 cigarrillos al día, más de 3,600 al año. Y no me parecían muchos, porque, en los noventa, quien fumaba 10 diarios era considerado alguien que fumaba poco. Había compañeros, y también compañeras, capaces de encender un cigarrillo con la colilla del anterior.
Pasaron los años. En 2006, pocos días antes de ingresar a una sala de operaciones, dejé de fumar. Pensé que sería una pausa que levantaría una vez que me sintiera sano. Pero pasaron los días, las semanas, los meses, y simplemente ya no fumaba. Comencé entonces a descubrir olores que antes no percibía. El café tenía aroma. Los libros tenían aroma. La lluvia tenía aroma.
Dejar de fumar fue recuperar aire, olfato, energía, años de vida que se desvanecían entre humo y ceniza. Pese a esos beneficios, hoy vivo aferrado a un inhalador para mitigar un asma que, muy probablemente, avivé durante mis años de fumador. Recuerdo con nostalgia aquellas salas de redacción, pero, a la vez, siento alivio al ver que ya no permanecen envueltas en nubes de humo.
El periodismo ha cambiado mucho en este siglo, pero quizás una de sus transformaciones más profundas ocurrió en silencio cuando un día abrimos las ventanas y dejamos entrar el aire fresco que, sin saberlo, llevábamos años buscando.