Sin ciudadanía comprometida no hay patrimonio que prevalezca
sobre el tiempo o el espacio
Marialejandra Puruguay Guillén
Directora del programa de Historia y Gestión Cultural. Universidad de Piura
Durante mucho tiempo, la gestión patrimonial se centró únicamente en el objeto. El énfasis estuvo puesto en la restauración arquitectónica, la protección normativa y declaraciones oficiales. No cabe duda de que este enfoque ha sido indispensable, pues sin criterios técnicos ni marcos legales muchos bienes culturales ya habrían desaparecido. Sin embargo, esta perspectiva dejó en un segundo plano la relación entre las personas y su patrimonio, un aspecto decisivo para garantizar su preservación de manera integral y sostenible.
Con frecuencia se ha considerado que conocer la historia de un monumento es suficiente para asegurar su preservación o que difundir fechas relevantes, estilos artísticos y nombres ilustres bastaba para protegerlo. No obstante, la experiencia demuestra que el conocimiento, por sí solo, no evita el deterioro ni la destrucción, mucho menos el olvido. Entre conocer y proteger existe un proceso mucho más profundo.
La educación patrimonial ha permitido comprender que el verdadero cambio ocurre cuando desplazamos la mirada del objeto hacia el vínculo. Olaia Fontal sostiene que el patrimonio no debe entenderse únicamente como algo que se conserva de manera pasiva, sino como una relación que se construye a partir de vínculos identitarios, relacionales y comunitarios.
Este tránsito no es automático. Implica atravesar una secuencia progresiva que incluye conocer, comprender, respetar, valorar y, finalmente, sensibilizar. Esto no es una reacción espontánea. Es el resultado de procesos educativos, interpretativos y participativos sostenidos en el tiempo. Cuando se alcanza, el cuidado del patrimonio deja de percibirse como una obligación y se convierte en una práctica natural.
Allí precisamente radica la diferencia entre conservar por conservar y preservar con sentido. Lo primero depende principalmente de normas y sanciones; lo segundo, de la convicción ciudadana. Para que ocurra es fundamental asegurar la transmisión cultural e involucrar activamente a las nuevas generaciones. Sin un enfoque relacional, el patrimonio puede ser restaurado, pero difícilmente será protegido de manera sostenida.
En esa tarea, los museos, sitios arqueológicos y espacios culturales en general cumplen un rol clave. Hoy ya no se les entiende como lugares destinados a exhibir objetos o custodiar colecciones, sino también como espacios capaces de generar diálogo, participación y reflexión crítica. Su verdadero potencial no radica únicamente en aquello que conservan, sino en la capacidad de conectar a las personas con sus memorias, identidades y territorios.
Conservar no significa que congelemos la ciudad o sacralicemos el pasado. Significa que permitamos que los bienes culturales continúen cumpliendo una función pública en el presente. Un monumento es memoria materializada, pero también espacio de encuentro, aprendizaje, disfrute y cohesión social. Su valor se activa cuando la ciudadanía se reconoce en él y lo incorpora en su día a día.
Esta reflexión resulta especialmente pertinente en ciudades donde los procesos de modernización suelen avanzar desconectados de la memoria urbana. Intervenir centros históricos o rehabilitar espacios emblemáticos implica tomar decisiones técnicas, sí, pero también sociales. Cuando la ciudadanía no comprende el sentido de estas acciones, puede percibirlas como imposiciones. En cambio, cuando reconoce su valor simbólico y su aporte a la comunidad, la percepción cambia.
Por ello, la protección del patrimonio no puede depender solo de intervenciones físicas o de presupuestos asignados. Requiere de políticas que integren educación patrimonial, interpretación y participación ciudadana. No basta con normar o con invertir, es indispensable construir vínculos.
La pregunta no solo es qué debemos conservar, sino para qué lo hacemos. Si la conservación no aporta a lo identitario ni contribuye a un proyecto compartido de ciudad, pierde sentido. Sin ciudadanía comprometida no hay patrimonio que prevalezca sobre el tiempo o el espacio. Y sin vínculo, ningún legado, por más sólido que parezca, tiene futuro.