Opinión
Periodista
Pero detrás de cada cebiche, ají de gallina o plato de nuestra cocina que se sirve lejos del Perú hay una historia de esfuerzo, emprendimiento y, sobre todo, de identidad. ¿Quién hace posible que nuestros productos lleguen allende los mares y abastezcan hoy a más de 1,500 restaurantes?
Su nombre es Vincenzo Giovanni Napurí Tomarelli (Lima, 1995). A los 29 años, y tras la muerte de su padre, de igual nombre, asumió el desafío de continuar un emprendimiento familiar nacido del sueño de un migrante. No era una tarea sencilla. Debía mantener vivo un legado y, al mismo tiempo, adaptarlo a las exigencias de un mercado internacional cada vez más interesado en la gastronomía peruana.
Vincenzo decidió hacerlo sin perder la esencia que le transmitió su progenitor: responsabilidad, perseverancia y respeto por los productos peruanos. Con los años, investigó las necesidades de los restaurantes y encontró una oportunidad evidente: llevar desde Lima insumos auténticos y de primera calidad a las cocinas peruanas del Viejo Mundo.
Barcelona se convirtió en el centro de esta expansión. Desde allí, su empresa comenzó a atender una demanda que no ha dejado de crecer. Ajíes, cancha, pisco, gaseosas, chicha morada y otros productos viajan por vía aérea para mantener en Europa los sabores que identifican al Perú. Hoy, el negocio abastece a más de 1,500 restaurantes en 28 países.
Hay algo especialmente significativo en esta historia. La internacionalización de nuestra gastronomía no depende únicamente de los grandes chefs o de los restaurantes que han ganado reconocimiento mundial. También requiere una cadena de emprendedores que hagan posible que los ingredientes lleguen a las cocinas en condiciones adecuadas y con la calidad necesaria.
Vincenzo lo entiende bien. Por eso, cuando viaja por el mundo y escucha elogios a nuestra gastronomía, especialmente al cebiche, reconoce que el éxito también está en los productos que salen de Lima. El desafío, sin embargo, continúa. No basta con que el cebiche sea reconocido. También es necesario que otros platos y productos peruanos conquisten nuevos paladares. Y, para ello, la distribución hacia más ciudades y capitales resulta fundamental.
La historia de Vincenzo es, en buena medida, la historia de un sabor que se niega a quedarse dentro de nuestras fronteras. Es también la demostración de que la gastronomía puede convertirse en una poderosa carta de presentación del Perú y generar oportunidades para quienes, desde Lima y otras ciudades, hacen posible que nuestros productos lleguen al mundo.
Al final, el sabor está en la mesa. Pero detrás de él hay trabajo, visión empresarial y una convicción que merece reconocerse: llevar el Perú al mundo también es una manera de construir país.