Opinión

Decano de la Facultad de Ciencias Políticas y RR. I.I de la Universidad Científica del Sur
Aunque la aparición de la imprenta favoreció exponencialmente la circulación de textos y permitió la eclosión de propuestas más variadas y disruptivas, ello no impidió que la escritura a mano subsistiera como una tecnología compartida en todas las capas sociales, sosteniendo esa impecable conexión neuronal que se activa al trazar cada palabra. Por eso, la educación constituía un entorno que la promovía de manera existencial. Los preciosos garabatos de la infancia emergían como signos del triunfo del aprendizaje y la persistencia por cimentar hábitos a través de la relación psicomotora con el papel.
Son conocidas las enormes ventajas que señalan los estudios científicos sobre la escritura manual dentro de la panorámica que brinda la caligrafía personalizada, en la que el trazo es un ritual milenario expresado en instantes. Ante la furia de la velocidad algorítmica, aún queda ese espacio de intimidad absoluta. En estos momentos de teclados constantes y dedos deslizándose ágilmente sobre pantallas, escribir a mano se erige como una manera de hacer frente a la avalancha de automatizaciones antes de que lo olvidemos y se consume la desaparición histórica e irreversible del modo de pensar más transformador de la humanidad.
Cada palabra que plasmamos en el papel posee una forma que la hace única; en esa hermosa lentitud se aprecia otra versión de la realidad. El pensamiento fluye con un ritmo pausado y armonioso, dedicado a una personalización opuesta a la estandarización de letras prediseñadas y mensajes masivos sin alma que, al ser colocados en plantillas despersonalizadas, resultan vacíos de emoción. ¿Acaso no hemos recibido mensajes de felicitación de cumpleaños idénticos para todos, redactados incluso con la misma tipografía?
¿Y desde cuándo no escribimos una carta a mano? ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que redactaste en un papel, con afecto meditado, un mensaje dirigido a los seres que más quieres? Es momento de hacerlo, con el detalle de redescubrir la ternura y la cordialidad a través de cada buen deseo impregnado en tinta.