• MIÉRCOLES 26
  • de agosto de 2026

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En el nombre del padre


Editor
Ricardo Montero

Periodista


Los neurólogos lo internaron en el Hospital Obrero (hoy Hospital Guillermo Almenara Irigoyen) para extirparle unas hernias lumbares.

Era la década de 1950, una época en que los médicos operaban con la sola confianza de lograr un buen resultado o con el riesgo de que todo saliera mal.

Mi padre, gracias a Dios, recuperó la salud.

Cinco décadas después, el destino lo devolvía a los quirófanos del mismo hospital. Esta vez con 80 años, pero con la misma entereza anímica que exhibió a los 30. “Yo voy a vivir hasta los 100 años”, repetía cada vez que lo creía necesario.

Lo operaron, le dieron de alta y siguió su tratamiento con disciplina durante dos décadas. Llegó a los 100 años. Cumplió su palabra.

Mi viejo fue único. Y no lo digo desbordado por el amor hacia quien me dio la vida. Lo digo, además, por una convicción personal. Hasta donde sé, no hay nadie en el Perú o en el mundo que se llame Sirulberto como él.

Existen nombres únicos, de esos que solo una sola persona lleva, entre ellos el palaciego Príncipe Felipe, el historietístico Spiderman, el caricaturesco Porky, los románticos Te Quiero o Mi Amor y el impronunciable Dsleska, pero ninguno es tan señorial como Sirulberto.

A veces, los nombres parecen simples ocurrencias o caprichos, pero dicen mucho más de lo que imaginamos. Tienen la capacidad de contar historias porque identifican épocas, recogen modas, admiraciones, creencias y hasta las influencias del cine, la televisión, la música, el deporte o la cultura popular.

Cada generación deja con ellos una huella de su tiempo, marcando los cambios que se producen en las sociedades.

Y quizá allí radique también la fuerza de los nombres. Los usamos para identificar, recordar, distinguir y, también, aborrecer. La historia está llena de personas cuyos nombres sobrevivieron a sus vidas gracias, en buena medida, a que alguien los pronunció o los escribió para que no fueran olvidados.

Así, hay nombres que parecen haber nacido para pertenecer a un tiempo determinado. César huele a Roma; Pericles, a Atenas; Napoleón, al siglo XIX; Lenin, a la revolución; Stalin y Adolf, a la dictadura.

Lo importante es que el nombre nos concede una identidad antes de que nosotros podamos construirla. Antes de saber quiénes somos, ya tenemos un nombre. No lo escogemos, pero aprendemos a responder cuando lo pronuncian, a escribirlo, a firmarlo y, con el tiempo, a convertirlo en parte de lo que somos.

A los 100 años, Sirulberto, mi viejo, se recostó sobre su cama y mirando hacia el infinito fue mencionando, con absoluta lucidez, uno a uno y en orden cronológico, a sus 13 hermanos. No olvidó ningún nombre.

Nosotros tampoco olvidaremos el suyo, Sirulberto.