• MIÉRCOLES 26
  • de agosto de 2026

Opinión

FOTOGRAFIA
Reflexiones

Los árboles del Campo de Marte


Editor
Christian Capuñay Reátegui

Periodista

ccapunay@editoraperu.com.pe


No sé qué especie es, pero hoy languidece. Sus grandes ramas, antes ocultas bajo un follaje exuberante, están dolorosamente expuestas y aquella copa majestuosa parece haberse reducido a una estructura rala, teñida de un verde opaco y deslucido. Lo contemplo desde mi balcón, y me cuesta reconocer al árbol que durante tantos años se irguió allí, imponente, verde, aparentemente invulnerable.

Hay árboles en el Campo de Marte que estaban allí mucho antes de que muchos de nosotros naciéramos. Bajo su sombra jugaron niños que hoy son abuelos, caminaron parejas que después formaron familias y descansaron personas que probablemente ya no están. Los árboles también guardan memoria, aunque no puedan contarla.

Por eso duele e indigna lo ocurrido en el Campo de Marte. La remodelación que debía mejorar uno de los espacios públicos más emblemáticos de Lima terminó convertida, durante su primera etapa, en una intervención marcada por retrasos y serios cuestionamientos sobre el cuidado de sus áreas verdes. Los vecinos denunciaron falta de riego, remoción de raíces y la muerte de decenas de árboles. Finalmente, Invermet resolvió el contrato con el consorcio responsable, mencionando entre las razones el retraso de los trabajos y el bajo avance de las labores de emergencia para mitigar los daños en las áreas verdes.

El colectivo Salvemos el Campo de Marte denunció la muerte de 63 árboles y advirtió que otros corrían la misma suerte. Sesenta y tres árboles pueden escribirse como una estadística. El problema es que cada uno necesitó décadas para convertirse en lo que era.

Porque un árbol adulto no puede reemplazarse simplemente plantando otro. Podremos reponerlo en un inventario, pero no recuperaremos inmediatamente su enorme copa, su sombra, las aves que encontraron refugio entre sus ramas ni los años necesarios para alcanzar su madurez. En una ciudad desértica como Lima, cada árbol adulto constituye un patrimonio vivo que debería ser protegido. ¿Quién se hará responsable de este desastre ecológico? ¿Responderán quienes, por negligencia o incapacidad, permitieron que una obra destinada a mejorar el parque terminara dañando uno de sus principales patrimonios?

Las obras han sido retomadas y el nuevo proyecto contempla recuperar las áreas verdes. Es una oportunidad para reparar, hasta donde sea posible, el daño y demostrar que modernización y conservación no son conceptos incompatibles. Un parque puede renovar sus veredas, iluminación y servicios sin sacrificar aquello que constituye buena parte de su riqueza.

No sé qué ocurrirá con el viejo árbol que contemplo desde mi balcón. Quiero creer que sus ramas volverán a llenarse de hojas y que recuperará algo del esplendor que todavía recuerdo. Muchos de estos árboles estaban aquí antes de nosotros y, si sabemos cuidarlos, permanecerán cuando nos hallamos ido. Protegerlos es también una manera de respetar nuestra memoria y de pensar en quienes vendrán después.