Opinión
Vicepresidente del Consejo Interreligioso del Perú-Religiones por la Paz
Tenemos distintas ideas sobre el país que queremos y distintas maneras de entender la política, la sociedad, la fe y el futuro. El problema no está en nuestras diferencias, sino en dejar de verlas como una oportunidad para comprendernos.
Una democracia saludable no necesita que pensemos igual. Necesita que aprendamos a escuchar y valorar a quien piensa distinto.
Nuestras convicciones pueden incluso fortalecerse al encontrarse con aquello que las cuestiona: una mirada diferente puede ayudarnos a descubrir por qué creemos en lo que creemos, identificar aquello que debemos revisar y encontrar nuevas razones para defender nuestros valores.
Esta fue una de las reflexiones que dejó el Simposio Internacional de Libertad Religiosa, realizado recientemente en Lima, donde representantes de distintas tradiciones religiosas y expertos de nueve países dialogaron sobre los desafíos de la libertad de religión y de creencias en sociedades cada vez más polarizadas.
Quienes vivimos una experiencia de fe sabemos que nuestras creencias forman parte profunda de nuestra identidad. Pero también entendemos que nadie posee toda la verdad sobre la experiencia humana.
Escuchar al otro no significa abandonar nuestra fe ni relativizar nuestras convicciones. Significa reconocer que podemos aprender incluso de quien no las comparte.
Cuando escuchamos abiertamente a quien piensa distinto, descubrimos muchas veces que detrás de una posición difícil de comprender existen experiencias, preocupaciones y valores que no habíamos considerado y que pueden ser similares a los nuestros.
En tiempos de polarización, debemos evitar convertir la discrepancia en amenaza.
Si alguien piensa distinto, no debemos asumir que está en contra nuestra; si cuestiona nuestras ideas, no significa que cuestione nuestra identidad. Necesitamos recuperar una cultura del diálogo, reconocer los puntos comunes y trabajar sobre ellos para encontrar soluciones de impacto social.
La defensa de la libertad religiosa en el Perú no es tarea exclusiva de las organizaciones de fe. Es la noble tarea de defender la libertad del otro.
No se trata solo de defender nuestra propia libertad para vivir y expresar nuestra fe, sino también de respetar ese mismo derecho en quienes creen de otra manera o no creen en Dios.
Quizá allí encontremos una oportunidad perdida en medio de tanta confrontación: el otro no tiene que pensar como yo para merecer mi respeto.
Una democracia madura no es aquella en la que desaparecen las diferencias, sino aquella en la que podemos encontrarnos a pesar de ellas.
La libertad de expresión, de religión y de culto son indicadores de cuánto respetamos el derecho más básico: la dignidad humana.
Ese derecho innato debe hacernos reflexionar sobre el tipo de personas y de país que queremos llegar a ser.