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Se le aparecieron en el sueño para advertirle que los mazorqueros, un puñado de chilenos burdos, pegalones y cobardes, estaban ahí afuerita, prendiéndole fuego a su casa y su farmacia.

Irene salió corriendo y pudo ver a los ganapanes montando sus caballos y partiendo en búsqueda de más casas que se resistían al orden y al progreso de la chilenización de Tacna.
“Dos horas después llegaron los carabineros a investigar y se llevaron al esposo para que sentara la denuncia, pero nunca más volvió. La señora Irene se gastó la vida recorriendo la intendencia y los cuarteles en búsqueda del marido”, recuerda la abuela de Giovanna Pollarolo en su libro Tacna en el tiempo de Chile.

La gendarmería del invasor solo atinó a callar sobre el secuestro y los mazorqueros sugirieron que el esposo podría haberse fugado con otra mujer. Que así eran los cholos peruanos, que muy rápido se aburrían de sus esposas y se iban con la novedad de las mujeres chilenas, guapas y blancas.
Así de burdos y malvados eran los paramilitares encargados de hacer el trabajo sucio en la Tacna cautiva. Su misión era sembrar el miedo y que la mayoría prefiriera a Chile en ese plebiscito que nunca llegó.
Por eso dejaban mensajes salvajes. Secuestraban y asesinaban a los tacneños disidentes, a esos peruanos que junto a sus mujeres se empecinaban en enseñar clandestinamente sobre la gesta de Grau, el sacrificio de Bolognesi y la masacre del Campo de la Alianza.

Los asesinatos en la ocupación de Tacna nunca tuvieron cifras oficiales. No hubo una comisión de la verdad que cense el odio y ponga en blanco y negro los homicidios, violaciones y abusos de la soldadezca chilena. Sin embargo, se estima que más de cien tacneños fueron ultimados por las fuerzas de ocupación, sobre todo durante la intendencia de Máximo Lira, entre 1908 y 1912.
La mayoría de los patriotas fueron abatidos en las calles, luego de ser golpeados y baleados por los mazorqueros. Pero los adultos no fueron las únicas víctimas.
La infancia extraviada
Los niños fueron vistos como futuros votantes del plebiscito y por eso en el proceso de chilenización tuvieron un trato especial. La estrategia era alfabetizar con amor y mucho presupuesto, pero si eso fallaba, habían otras soluciones.

Las familias que no se plegaron al invasor padecieron represalias y fueron víctimas invisibilizadas de la chilenización. La delegación plebiscitaria peruana recibió múltiples denuncias y, muchos años después, el historiador Jorge Basadre presentó una lista de peruanos asesinados entre los que figuraban niños.
Niños como Clara Gambetta, de 8 años, quien fue ultimada en Tacna junto a su papá, José Gambetta Correa, por negarse a votar por Chile. Una vez más se repitió el modus operandi: padre e hija ingresaron a la comisaría chilena para nunca más salir. Finalmente sus restos fueron encontrados en la Quebrada del Diablo en 1927, cuando el Caplina arrastró entierros clandestinos.
Otro caso que menciona Basadre es el del niño Juan Yufra en Tarata y la Colección Plebiscitaria del Ministerio de Relaciones Exteriores registra el caso de otro menor ahorcado en Calana junto a sus padres. Esos son solo algunos casos de un trabajo ruin encargado a los mazorqueros, el colectivo de sicarios que se hacía llamar “Los hijos de Tacna y Arica”.
Su misión oficial era monitorear que todos cantaran el himno de Chile e izaran esa bandera sobre los mojinetes, pero ya sabemos que tenían otros afanes además de intimidar a los patriotas hasta lograr que se fueran a Lima o Arequipa.

Pero como bien señala Pollarolo en su libro, la chilenización tuvo otros episodios que requirieron importar mano de obra para aplacar el espíritu patriota. Así, cuenta cómo 1,000 obreros chilenos que construían el tren Arica-La Paz entraron a Tacna en 1911 para participar de un mitin, pero terminaron quemando los diarios peruanos La voz del sur y El Tacora, dejando solo operativo al pasquín chileno El Pacífico, que también se imprimía en Tacna.
No fueron pocos los tacneños y migrantes italianos que soñaban con que Leguía le declarara la guerra a Chile para recuperar Arica y Tarapacá, pero mientras ese sueño cuajaba, el objetivo era sacarse de encima la ocupación en Tacna. Un proceso en el que algunos italianos colaboraron con dinero o escondiendo a los cabecillas patriotas en toneles de aceitunas.
Finalmente la libertad fue sellada el 28 de agosto de 1929, tras 49 años de infame ocupación. Las cautivas Tacna y Arica fueron separadas, pero como bien señala Pollarollo, ese vínculo será eterno, tanto como el amor que se tuvieron el poeta del cautiverio Federico Barreto y su esposa chilena, Hermelinda.
Ella aprendió a amar al Perú sobre su misma patria. Incluso más que algunos limeños que llegaron a la Tacna cautiva afirmando odiar al invasor, pero por las noches se entregaban a la cháchara impune con los chilenos.
Y mientras eso ocurría en los grandes salones que migrantes cómplices pusieron al servicio de los oficiales chilenos, doña Irene seguía buscando en las callecitas de Tacna al esposo patriota que prefirió la sangre antes que el lodo. Al que partió el día en el que sus muertos le avisaron que su puerta tenía tatuada una cruz de alquitrán. (Martín Vargas Barrera)