• MIÉRCOLES 2
  • de setiembre de 2026

Opinión

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Reflexiones

Abrazo a Rocky en su 50.° aniversario


Editor
Ricardo Montero

Periodista


Tenía seis o siete años cuando me colé al oscuro salón de exhibición. Mi padre había entrado al lobby del cine Porvenir –ahora desaparecido– llevando de la mano a mi hermano menor solo para revisar la cartelera. La curiosidad me llevó a colarme. En un descuido de papá y de los vigilantes, empujé la puerta de la sala, di unos pasos y me sentí empequeñecer.

En la inmensa pantalla, el mundo aparecía en tamaños colosales. Caballos descomunales, montados por hombres que parecían una extensión del desierto, corrían por caminos interminables, flanqueados por montañas deslizadas desde las nubes hasta el árido suelo.

A partir de ese fabuloso hallazgo, una y otra vez pedía a mis padres que me llevaran al cine para regocijarme y aprender de esos personajes enormes y sus historias sin límite. Ya en la adolescencia, me convertí en un cinéfilo tan devoto que prefería ir solo, sin una compañía que podía resultar molesta, capaz de romper mi silencio y mi concentración.

Guardo en la memoria decenas de esas tardes y noches memorables, cada una con sus propios gigantes y sus imponentes historias. Ahí está, por ejemplo, Rocky, la película del hercúleo boxeador de barrio que este año cumple 50 años de su estreno mundial y 49 de haberse estrenado en Perú y otros países de Latinoamérica.

Rocky ganó el Oscar y se convirtió en una gran película porque los protagonistas mostraban decisiones profundamente personales. Silvester Stallone, el creador del filme, tuvo el cuidado de diseñar un drama que al final muestra al perdedor en el deporte (Rocky) como un ganador en la vida, y deja que la humildad engulla de a pocos al lenguaraz y soberbio campeón (Apollo Creed).

Desde siempre me ha gustado sentarme atrás en el cine, mejor si es en la última fila, para ver más agigantadas las escenas. Rocky la vi desde ahí en un cine de La Victoria, que ahora tampoco existe. Sentí su fe y la de quienes lo rodeaban, su persistencia por enfrentar y derrotar al poderoso, su modestia al reconocer sus limitaciones, y encontré sobrados motivos para sufrir, llorar y vitorear. Y me sentí pequeño ya no ante caballos, vaqueros ni montañas, sino ante la porfía de un hombre que se resistía a seguir siendo un perdedor.

Hoy, como el niño que abría los brazos frente a las pantallas, los extiendo para abrazar a Rocky, el viejo personaje de la dignidad, para saludarlo en su 50.° aniversario.