• VIERNES 4
  • de setiembre de 2026

Opinión

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Los museos, la memoria y la historia

Los lugares de memoria son fundamentales para la construcción de aprendizajes, diálogo y reconciliación


Editor
Mgtr. Alberto Requena Arriola

Profesor de la carrera de Historia y Gestión Cultural. Universidad de Piura


Más allá de si esas versiones se confirman o no, el debate público abre una cuestión de fondo que interesa a cualquier gestor de las artes, el patrimonio y la cultura en el Perú: ¿qué tan expuestas están las instituciones culturales a la politización, venga esta de donde venga? Esta reflexión no significa tomar partido sobre la decisión de ningún gobierno en particular, sino que es una invitación a pensar en un problema que trasciende a cualquier institución o coyuntura: la relación siempre tensa entre memoria, historia y verdad.

Si asumimos que las instituciones culturales pueden verse expuestas a este tipo de presiones, tendríamos que reconocer que museos, centros culturales o pinacotecas (por citar algunos ejemplos) no están exentos de politizaciones; es decir, que sus libertades para expresar opiniones, ideas o denuncias podrían verse mediadas por el filtro o las indicaciones de quien tenga poder de decisión sobre ellas.

Para los experimentados, esto es casi una tautología. Los distintos gobiernos pueden decidir qué se cuenta de un hecho histórico y qué no, y cómo se hace. Pero ¿puede ocurrir lo contrario? Esto es, que un museo, por ejemplo, politice una exposición permanente en función de las ideas de su equipo directivo o de sus financistas privados. Pues también. Es importante aclarar que no aludimos al concepto “político” de manera general (todo, en algún sentido, es político), sino a la “politización” de los espacios culturales con fines ideológicos, venga esta del Gobierno, de la ciudadanía o de la propia institución cultural.

Por tanto, el tema que abordamos no solo interpela la ética de la gestión cultural. Si fuera así, bastaría indicar que toda exposición debe hacerse con el mayor profesionalismo posible y que sus contenidos deben ser no solo creíbles, sino, sobre todo, verdaderos. La cosa no acaba allí: debemos ser conscientes de que quienes trabajan en el sector cultural son seres humanos, y como tales, cada uno tiene sus propias ideas e ideologías.

Entonces, ¿cómo sabemos que serán capaces de redactar un texto o presentar una información sin influencia de su mundo interior? No lo sabemos, porque, hemos dicho, no somos máquinas, somos humanos. Ante ello, la honestidad profesional se vuelve urgente también en el sector cultural, como en todos, por la complejidad del trabajo que se realiza y la forma tan seria con la que la mayoría desea cumplirlo.

Ahora bien, ¿qué pasa con el visitante de una exposición? ¿Qué le garantiza que lo que está leyendo, observando o reflexionando sea la verdad? Aquí hay una complejidad mayor. La persona puede conocer la historia de ese evento, haber leído mucho y tener una formación sólida en ello; y, además, puede tener memoria de dicho evento: en su juventud o adultez fue testigo de lo que se cuenta.

Aquí aparecen dos conceptos que, a veces, resulta difícil de conciliar: la memoria y la historia. Toda persona que visita un museo lleva consigo ambas herramientas para entender la realidad. ¿Por qué podría ser difícil la conciliación entre la historia y la memoria? La respuesta simplificada es porque el mundo interior (memoria) y el mundo exterior (historia) no siempre coinciden. Se suele creer que ambas se complementan o se ayudan mutuamente, pero no siempre es así. Los lugares de la memoria enfrentan el reto de fomentar tanto el debate como el diálogo.

Cabe entonces preguntarse si los espacios culturales corren el riesgo de generar distancia en lugar de reconciliación, incluso cuando esa no sea su intención declarada. Esto podría ocurrir cuando la dinámica de un espacio se inclina, aun sin proponérselo, hacia el debate antes que hacia el diálogo: el debate busca persuadir o vencer al otro señalando sus debilidades, mientras que el diálogo supone apertura genuina, con al menos dos condiciones mínimas: querer escuchar y buscar aprender. Ningún lugar de memoria está exento de esta tensión, y reconocerla es parte de su honestidad institucional.

Los procesos de pacificación e inclusión son complejos pero esperanzadores. En países como Colombia, Ruanda o Irlanda del Norte, las cosas han tenido sus vaivenes. El Perú debe continuar transitando su propio camino de reconciliación. Es un camino complejo, lleno de espinas, en el que los lugares de memoria son fundamentales para la construcción de aprendizajes, de diálogo y, anheladamente, de reconciliación.