• LUNES 7
  • de setiembre de 2026

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Reflexiones

La herencia más valiosa: enseñar a ser hermanos


Editor
José Luis Bravo Russo

Director de Centro Familias 360


Cuántas veces hemos escuchado de un amigo o familiar frases como esta: “No le hablo a mi hermano desde hace doce años…”, “Mi hermano traicionó mi confianza…”, “Mi familia está dividida por una herencia…”, “La relación con mi hermana nunca ha sido buena…”.

Más allá de los detalles de cada caso, estas noticias nos invitan a detenernos y hacernos una pregunta profunda como padres: ¿qué estamos sembrando hoy en el corazón de nuestros hijos para que mañana sean verdaderos hermanos?

Vivimos en una sociedad donde, muchas veces, el dinero, el orgullo, la competencia o las heridas no sanadas terminan siendo más fuertes que los vínculos familiares.

Sin embargo, la hermandad no se construye únicamente porque los hijos compartan la misma sangre o vivan juntos. La fraternidad también se aprende.

Se aprende en casa, observando el ejemplo de los padres, escuchando sus palabras y viviendo las pequeñas experiencias cotidianas de perdón, respeto y servicio.

Como padres solemos preocuparnos por brindar una buena educación, alimentación, salud y oportunidades académicas.

Todo ello es importante. Pero la misión más trascendente es educar el corazón de nuestros hijos para que vivan en el amor de Dios.

En opinión de la psicóloga Marisol Pinedo, no basta con enseñarles a compartir sus juguetes cuando son pequeños; debemos enseñarles a compartir la vida cuando sean adultos.

No basta con pedirles que no peleen; debemos mostrarles cómo reconciliarse.

No es suficiente decirles que se respeten; debemos enseñarles a perdonar cuando se lastiman.

Y aquí aparece una pregunta que también interpela nuestra propia vida: ¿Qué ejemplo les estamos dando a nuestros hijos?

Nuestros hijos observan mucho más de lo que escuchan. Ellos saben cómo hablamos de nuestros hermanos, cómo tratamos a nuestros familiares, si guardamos resentimientos durante años o si somos capaces de pedir perdón con humildad.

Es difícil enseñar reconciliación cuando nosotros vivimos enemistados. Debemos enseñarles que el amor debe vencer al orgullo.

También es importante enseñarles que los hermanos no son competidores.

No están llamados a compararse, sino a complementarse; no a disputarse el amor de los padres, sino a compartirlo; no a alegrarse del fracaso del otro, sino a celebrar sus logros.

La Palabra de Dios es clara en el Salmo 133, 1: “¡Qué bueno y agradable es que los hermanos vivan unidos”.

Y quiero finalizar con estas reflexiones que me hago continuamente: ¿Estoy enseñando a mis hijos a amar a sus hermanos o solo a convivir con ellos? ¿Qué ejemplo les doy con la relación que tengo con mis hermanos?