• LUNES 7
  • de setiembre de 2026

Opinión

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REFLEXIONES

El café peruano y la democracia


Editor
Rubén Quiroz Ávila

Decano de la Facultad de Ciencias Políticas y RR. II. de la Universidad Científica del Sur


Beber un café no solo implica un gozo para el paladar –gracias a las exquisitas variedades de grano que existen en el Perú–, sino que posibilita el reencuentro con las dimensiones más íntimas de nuestro ser.

En ese estrecho lazo entre el gusto y la mente humana se origina y consolida un vínculo virtuoso con la inventiva.

Desde hace siglos, la naturaleza, a través de este fruto y su encantamiento inmediato, propicia un sinfín de resultados creativos y sugiere profundas reflexiones sobre temas inagotables.

Tomar un café es un ritual tanto íntimo como social. Un encuentro alrededor de esta bebida representa, esencialmente, la oportunidad de escucharnos y entendernos. Allí renace la necesidad de integración humana, donde la conversación adquiere matices confesionales o se orienta a decisiones estratégicas. Múltiples horizontes se abren cuando dialogamos convencidos de que la comunicación es la mejor vía para la tolerancia y la apertura de ideas.

Alrededor de una taza de café fluyen las ideas y vuela la imaginación. La reunión en torno a ella desata nudos de incomunicación, pues constituye en sí misma una pausa para la apertura y un espacio para conciliar posiciones. En ese proceso de escucha activa se ejerce la vida democrática y se fortalece el diálogo como un medio irrenunciable para la convivencia. Así, tomar café juntos se convierte en una metáfora nacional sobre la capacidad de escucharnos y vislumbrar soluciones conjuntas.

Detrás de un buen café de origen —cultivado y cosechado en nuestras regiones con dedicación y esperanza en el porvenir— hay un esfuerzo compartido y una peruanidad en constante construcción. Esta bebida reafirma que nuestras diferencias son reconciliables y que, al asumir enfoques distintos, la convivencia democrática se consolida como una necesidad existencial.

El café es un hallazgo interior en medio de la vorágine cotidiana, pero también un llamado a la acción responsable y un precepto ético de empatía. Compartirlo constituye un acto litúrgico: un momento de entendimiento capaz de generar consecuencias extraordinarias para los acuerdos y la visión compartida. La democracia, al igual que el buen café peruano, exige siempre paciencia y compresión permanente para una convivencia respetuosa.