Opinión
Periodista
En las tardes de verano y de invierno, el barrio respiraba salsa, boleros, valses criollos y radionovelas. Las voces de Héctor Lavoe, Rubén Blades, Celia Cruz, Lucha Reyes salían a volumen extremo por las ventanas abiertas y se filtraban entre la garúa, acompañando las charlas de esquina o el juego de fulbito.
En las noches, las amarillentas luces de los focos que pendían de elevados postes iluminaban la esquina donde la collera —como llamábamos al grupo de amigos— conversaba a punto de carcajadas y entre baladas emergidas de radios de perilla. Poco a poco, el silencio se adueñaba del barrio hasta volverse atronador. Solo lo quebraban el silbato de un policía, el ladrido de los perros de azotea y el eco de una última canción.
Una tarde, cuando aún era niño, la novedad sacudió el barrio. “Han encontrado a un hombre muerto”. El rumor se expandió con rapidez. Corrí con mis amigos unas dos cuadras hasta al parque Abeja, colindante con el gigantesco parque El Porvenir. Detrás de unos arbustos yacía el cadáver con un perfecto orificio en la frente, tan pequeño que costaba creer que por ahí se hubiera escapado una vida. Había mucha gente. Vecinos y forasteros intentaban identificar al difunto. En aquel tiempo, un muerto en la calle era una excepción.
Hoy, la muerte en la calle no es la excepción; la criminalidad la ha convertido en cotidiana.
El asesinato, el robo, el estruendo de una detonación frente a un pequeño negocio comienzan a sustituir a la música, las conversaciones y los encuentros que mantenían unidos a los vecinos.
El temor ante la extorsión está imponiendo un nuevo orden, marcado por la precariedad y la violencia. En él, los ciudadanos comunes no solo arriesgan sus bienes, sino también su tranquilidad y su dignidad. Por ello, los barrios se repliegan tras murallas de rejas y puertas cerradas, debilitándose los vínculos que alguna vez fueron espacios de encuentro, confianza e identidad.
La calle no puede seguir siendo un territorio cedido al crimen; debe volver a ser el lugar de reunión, donde la música suene sin temor, y los vecinos, en invierno o en verano, sigan conversando desde las puertas de sus casas.