Opinión
Sean Penn en Mystic River y Al Pacino en El Padrino III enfrentan la misma tragedia. Sin embargo, la representan de maneras profundamente distintas.
En Mystic River, Jimmy Markum (Sean Penn) todavía no ha visto el cuerpo de su hija. Llega al lugar, observa el movimiento de policías, las cintas que impiden el paso, los rostros. Pregunta qué ocurre. Nadie necesita responderle. Algo en su expresión nos revela que ya lo sabe.
Entonces intenta desesperadamente romper el cordón policial. Varios hombres deben sujetarlo. Grita, forcejea, exige saber si es su hija la que está allí (“Is that my daughter in there?”). Pero Jimmy no busca realmente una respuesta. Ya lo sabe, y busca que alguien le diga que no. Lo sabe, pero todavía necesita con desesperación equivocarse.
Finalmente encuentra la mirada de Sean Devine, el policía interpretado por Kevin Bacon. No hay palabras, pero en ese rostro descubre la confirmación que no quería recibir. La actuación de Penn es devastadora porque representa una contradicción profundamente humana: conocer la verdad y, al mismo tiempo, aferrarse a la posibilidad de que no sea cierta.
Un camino inverso recorre Michael Corleone (Al Pacino) en El Padrino III. Ve caer a Mary ante sus propios ojos. Ya no existe incertidumbre ni esperanza. Sin embargo, durante unos instantes tampoco existe el grito.
Michael abre la boca, su rostro se descompone, pero el sonido no llega. Como si el dolor fuese tan grande que el cuerpo necesitara unos segundos para comprenderlo. Y entonces aparece aquel alarido terrible.
Penn interpreta el instante anterior a la certeza. Pacino, el instante posterior. Uno todavía puede preguntar; el otro ya conoce la respuesta. Uno lucha contra aquello que sabe. El otro descubre que saber puede ser insoportable.
Cada vez que he regresado a esas secuencias quedaba fascinado por el trabajo de los actores. Hoy las miro de otra manera. Ser padre ha introducido un temor que antes no existía. Hay cosas insoportables que uno preferiría ni siquiera imaginar.
Tal vez allí resida también el misterio de estas interpretaciones. El gran actor no se limita a imitar una emoción: consigue hacernos reconocerla. Penn y Pacino nos permiten contemplar desde fuera algo que solo puede experimentarse desde dentro.
No sé cuál de las dos actuaciones es mejor. Quizá tampoco importe. Ambas consiguen algo extraordinario y perturbador: durante unos minutos olvidamos que estamos viendo una película. Frente a nosotros ya no están Sean Penn ni Al Pacino. Solo quedan dos padres y un dolor para el que no existen palabras.