En nuestro país, la principal fuente de sismicidad se encuentra en la convergencia de las placas de Nasca y Sudamericana. Este proceso genera sismos de diferentes magnitudes y profundidades. Los que ocurren hasta aproximadamente 60 kilómetros de profundidad corresponden a la denominada sismicidad interplaca, asociada al contacto y fricción entre ambas placas. Por debajo de esta profundidad, la placa de Nasca continúa su descenso bajo el continente y puede deformarse internamente, originando sismos intraplaca que alcanzan profundidades de 150 kilómetros en el norte y centro del Perú, y hasta 300 kilómetros en el sur.
A ello se suma la actividad sísmica asociada a la deformación de la corteza terrestre a lo largo de la cordillera de los Andes. Son los llamados sismos corticales, generalmente superficiales, que pueden producirse hasta unos 15 kilómetros de profundidad. También existen sismos profundos, entre 500 y 700 kilómetros, principalmente en las fronteras con Brasil y Bolivia.
Esta diversidad convierte al Perú en un territorio sísmicamente muy particular. Mientras en la falla de San Andrés, en California, los sismos generalmente no superan los 20 kilómetros de profundidad, en nuestro país pueden generarse a profundidades mucho mayores. Por ello, comprender dónde y cómo se originan nuestros sismos resulta fundamental para evaluar el peligro y reducir sus impactos.
La historia reciente nos permite reconocer estos diferentes tipos de eventos. El terremoto de Pisco de 2007, con epicentro frente a la costa de Ica y una profundidad cercana a los 40 kilómetros, produjo un intenso sacudimiento que fue percibido desde Lima hasta Arequipa. Más recientemente, un sismo intraplaca ocurrido en Ayacucho, a 108 kilómetros de profundidad, fue percibido incluso en zonas de Cusco y Lima. Asimismo, el sismo ocurrido en Chupaca, asociado a la reactivación de la falla Altos del Mantaro, tuvo un origen cortical, a solo 9 kilómetros de profundidad.
Los sismos profundos son menos frecuentes, pero también forman parte de nuestra realidad. En 1994, un sismo ocurrido en la frontera entre Perú y Bolivia, a gran profundidad, generó ondas sísmicas que fueron percibidas incluso en Miami.
Existe una idea que debemos tener siempre presente: cuanto mayor sea la distancia o profundidad respecto de un área urbana, menor será, en general, la intensidad del sacudimiento que se perciba. Sin embargo, la profundidad, el tipo de suelo y la calidad de las construcciones determinan finalmente el nivel de afectación.
En un país sísmico como el Perú, lo verdaderamente extraño sería que no ocurrieran sismos. Estos forman parte de la dinámica natural de nuestro planeta y seguirán ocurriendo. Nuestro desafío no es evitar los sismos, sino comprenderlos, estudiarlos y prepararnos para sus efectos. Desde el IGP continuamos haciendo ciencia para conocer mejor nuestro territorio, porque frente a los sismos la mejor herramienta que tenemos es el conocimiento. Ciencia para protegernos. Ciencia para avanzar.