Opinión
El 19 de setiembre se conmemora 199 años de la creación de Huancané como capital de provincia

Docente
A lo largo de los siglos, el Altiplano puneño fue escenario de hechos que marcaron la historia regional. Entre ellos destaca una particular tradición: Huancané fue considerada, en tres momentos distintos, capital simbólica del Imperio incaico o del Perú, siempre en contextos de rebelión, disputas políticas o reivindicación social.
El primero de estos episodios se remonta a los años posteriores a la invasión española del Tahuantinsuyo. Según las referencias históricas y la tradición local, el curaca Wankani, proclamándose heredero de Manco Inca Yupanqui, conocido también como Manco Cápac II, se declaró supremo inca del Tahuantinsuyo con el propósito de mantener la resistencia frente a la dominación española.
Wankani habría establecido su centro de poder en Asiruni Carpa Pata, territorio del actual distrito de Vilquechico, provincia de Huancané. Allí se encontraba el adoratorio conocido como Inca Lacaya o Tampu Lacaya, sitio asociado por la tradición con la presencia y organización política de los incas en esta parte del Altiplano.
De acuerdo con estas versiones, aquel lugar habría sido levantado por disposición de Túpac Inca Yupanqui, uno de los grandes soberanos del Tahuantinsuyo. De esta manera, Huancané se convirtió en escenario de un intento por restablecer la autoridad inca y sostener la resistencia frente al nuevo orden colonial.
Más de tres siglos después, Huancané volvió a ocupar un lugar singular en medio de las luchas políticas que sacudieron al Perú.
En 1895, el país atravesaba una grave confrontación entre las fuerzas partidarias de Nicolás de Piérola y Villena y el gobierno de Andrés Avelino Cáceres Dorregaray. La población de Huancané participó activamente en aquella coyuntura revolucionaria.
La memoria histórica huancaneña señala que Guillermo Billinghurst Angulo, vinculado al movimiento político encabezado por Piérola, proclamó en Huancané un gobierno revolucionario. El acontecimiento habría tenido lugar en una antigua casona situada en las inmediaciones de las calles Lima y Arequipa.
En ese contexto, Huancané fue proclamada capital del Perú, convirtiéndose por segunda vez, según la tradición histórica local, en sede simbólica de un poder político que desafiaba al establecido.
La tercera proclamación tuvo un significado diferente y profundamente social.
En 1923, las comunidades campesinas de Huancané se encontraban enfrentadas a un sistema caracterizado por la concentración de tierras, los abusos de determinados hacendados y distintas formas de explotación de la población indígena.
El descontento acumulado terminó desencadenando una de las movilizaciones campesinas más recordadas de la historia puneña.
Los pobladores se organizaron y, como expresión de ruptura con el orden que consideraban injusto, decidieron establecer una nueva capital en Huancho. A partir de aquel acontecimiento, el lugar quedaría asociado al nombre de Huancho Lima.
La elección del nombre encerraba un poderoso mensaje político. No se trataba únicamente de una rebelión contra los poderes locales. La fundación simbólica de una nueva capital expresaba el deseo de construir un orden distinto, en el que las comunidades indígenas pudieran ejercer sus derechos y gobernarse con justicia.
La respuesta contra el movimiento fue violenta, y el episodio quedó grabado en la memoria colectiva como una de las páginas más dolorosas y significativas de las luchas campesinas del Altiplano.
Los tres acontecimientos pertenecen a épocas y contextos muy diferentes. El primero se vincula con la resistencia indígena frente a la conquista española; el segundo, con las luchas políticas de la República de finales del siglo XIX; y el tercero, con las reivindicaciones campesinas e indígenas de comienzos del siglo XX.
Sin embargo, los tres están unidos por un mismo hilo histórico: la resistencia frente al poder y la búsqueda de libertad y justicia.
Por ello, decir que Huancané fue tres veces capital del Perú trasciende la simple referencia geográfica o administrativa. La expresión resume una tradición histórica construida alrededor de la rebeldía de sus habitantes y de su participación en momentos decisivos de la historia regional y nacional.
Huancané, tierra de matacuras y walawalas, no solo guarda historia; guarda memoria. Y en esa memoria permanece el orgullo de un pueblo que, en distintos momentos de su existencia, se atrevió a imaginarse como el centro político de una nación.