• MIÉRCOLES 16
  • de setiembre de 2026

Opinión

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Reflexiones

La camiseta que no heredamos


Editor
Ricardo Montero

Periodista


En muchos hogares, los padres transmiten a sus hijos la pasión por un equipo. Compran camisetas, los llevan al estadio, les enseñan los nombres de los jugadores, les hablan de sus ídolos y les señalan cuál es el rival. Y así van construyendo una tradición.

De esta manera, los hijos vamos heredando de nuestros padres la pasión por el fútbol y el amor por un club. No obstante, nadie nos pregunta si queremos recibir ese legado. Simplemente nos llega, pero no siempre se queda con nosotros.

Le ocurrió al músico argentino Fito Páez. Su padre era seguidor de Newell’s Old Boys. Sin embargo, el propio Páez cuenta que cuando tenía unos 12 años descubrió que su amor le pertenecía a Rosario Central, el gran rival de su papá.

Otra historia parecida es la de José “Chemo” del Solar, hincha de Universitario desde niño pese a que su padre es de Alianza Lima.

A estas alturas del relato bien vale preguntarnos qué parte de lo que somos la heredamos y qué parte la elegimos. ¿Es una manera de marcar distancia con el padre y decir, incluso sin palabras, que puedo elegir por mi cuenta? Puede ser. Aunque, en el fondo, es difícil explicar por qué dos personas que crecen bajo el mismo techo terminan sintiendo de manera diferente. Y eso no ocurre solo con el fútbol. También sucede con las ideas, los libros, la música, las profesiones y las distintas maneras de entender el mundo.

Los padres podemos transmitir una tradición, pero no podemos garantizar que nuestros hijos la conserven. Podemos enseñarles qué leer, qué música escuchar, qué historias recordar. Podemos explicarles qué está bien y qué está mal. Podemos intentar transmitirles nuestros valores, nuestras pasiones y hasta nuestros equipos. Pero llega un momento en que los hijos empiezan a separar aquello que recibieron de aquello que sienten como propio.

Quizá eso se explica por el amor a la libertad, la cual nos lleva a descubrir que podemos querer a nuestros padres, reconocer todo lo que recibimos de ellos y, al mismo tiempo, elegir algo diferente.

Mi padre pudo haber pensado que yo algún día sería aliancista. No ocurrió. Yo terminé siendo crema. Y estoy seguro de que nunca se preguntó qué había hecho mal. Simplemente aceptó que un padre puede mostrarle a un hijo el camino, pero no puede caminarlo por él, porque el amor, la vocación, las ideas y las pasiones no se heredan como un apellido. Se reciben, se cuestionan, se transforman y, finalmente, se eligen. Incluso cuando esa elección significa seguir al rival. En mi caso, esa camiseta es crema, la de mi padre fue blanquiazul, y, aun así, nos amamos hasta el final.