Opinión
La integración de competencias y virtudes resulta pertinente para la formación humana integral

Profesor de la Facultad de Ciencias de la Educación. Universidad de Piura
En las últimas décadas, los sistemas educativos han priorizado las evaluaciones estandarizadas y los indicadores de rendimiento. Los resultados suscitan interrogantes importantes. Los estudios de la UMC y los resultados de la ENLA muestran una disminución sostenida de los niveles satisfactorios de lectura y matemática entre la primaria y la secundaria; a esto se añaden los resultados de la PISA 2025. El estudio longitudinal de 2017 muestra que el porcentaje de estudiantes que logran niveles satisfactorios en lectura pasa de 23.1% a 14.7%; y en matemática, de 13.5% a 9.5%. Por otro lado, en la ENLA 2025, el nivel satisfactorio en lectura cae de 32.7% a 11.3% y en matemática desciende de 30% a 12.6%.
Los factores que inciden en los resultados educativos son múltiples y uno es la propuesta curricular. Al respecto, cabe preguntarse: ¿el currículo por competencias es suficiente para formar integralmente a los niños?, ¿qué están aprendiendo en las escuelas?, ¿en qué son competentes?, ¿cómo se implementa el Currículo Nacional?
Al examinar el enfoque por competencias se reconocen aportes, especialmente el de vincular el aprendizaje con situaciones reales y contextualizadas. Sin embargo, dados los resultados, se advierte la necesidad de complementarlo con un eje que promueva el aprendizaje profundo y contribuya al cultivo de la excelencia personal. Resulta pertinente articular las competencias con la integración transversal de las virtudes.
Partiendo de la idea clásica de que “educar es formar el carácter”, es decir, adquirir virtudes que orienten la manera de pensar y actuar, y focalizando el análisis en el aspecto cognoscitivo, se puede afirmar que los hábitos, como la curiosidad por conocer, la honestidad en la búsqueda de respuestas, la apertura mental ante la realidad, la rigurosidad metódica o la perseverancia ante las dificultades y el error, facilitan aprendizajes de calidad y son el germen de la autonomía intelectual porque predisponen para el buen pensar y la búsqueda de la verdad.
Las virtudes resultan ser un eje orientador capaz de vivificar las habilidades técnicas, elevándolas de destrezas operativas a instrumentos de búsqueda del saber. Su desarrollo demanda un dominio de procesos cognitivos (como saber preguntar o evaluar razones), una fuerza de voluntad para vencer la inercia del desgano cognitivo, discernimiento para saber cómo y cuándo buscar explicaciones, y compromiso ético motivado por el amor al saber.
Pensemos, por ejemplo, en un estudiante interpelado por el problema de los residuos plásticos. Desde una postura virtuosa, no se limita a investigar para satisfacer el criterio de una rúbrica de calificación; anhela comprender la realidad. En ese recorrido, el aprender deja de ser un punto de llegada para convertirse en una auténtica experiencia de perfeccionamiento interno de sus facultades.
La formación de virtudes requiere una integración transversal, va más allá del discurso; surgen, principalmente, del ejemplo, la práctica y de la cultura institucional. Docentes y familias desempeñan un papel decisivo cuando transitan entre el asombro, la escucha atenta, la reflexión crítica, el respeto por la evidencia y la búsqueda sincera de la verdad. Esto supone, por ejemplo, dejarse interpelar por lo cotidiano, apertura mental ante la pluralidad de ideas, juicio crítico, toma de decisiones informadas y esfuerzo por andar en la verdad.
Asimismo, ayudan los ambientes de aprendizaje ordenados, funcionales y seguros, favorables a la concentración e inspiradores para el buen pensar. Mejorar los resultados educativos demanda empezar por algo; y lo más inmediato es ocuparse del espacio de convivencia del niño y la perspectiva desde la cual se promueve el saber.
En ese sentido, la integración de competencias y virtudes resulta pertinente para la formación humana integral. Las primeras permiten actuar eficazmente; y las virtudes orientan ese actuar hacia fines valiosos. La focalización en competencias tiende a reducirse a un pragmatismo; en cambio, las virtudes posibilitan una vida auténtica, libre y empática.