• MIÉRCOLES 23
  • de setiembre de 2026

Opinión

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Reflexiones

El mundo escucha a Los Mirlos


Editor
Ricardo Montero

Periodista


Los músicos oriundos de la Amazonía interpretaron cinco temas, entre ellos “Doña Guillermina”, una pandilla que me devolvió a mi adolescencia, a casa del “Cabezón”, en La Victoria, donde escuché por primera vez a Los Mirlos, mucho antes de que el mundo los aplaudiera.

La madre de mi amigo, hija de la Amazonía, como Los Mirlos, organizaba fiestas a la usanza de su bulliciosa tierra, con una desbordante energía que prefería guardar en los días y noches de silencio.

Robusta, de rostro amplio y baja estatura, transitaba por las veredas victorianas con pasos menudos, respondiendo con poca voz los saludos de los vecinos, y mirando, a modo de maestra de escuela, por encima de unos anteojos que parecían inútiles para mejorar su visión.

Asistí a las fiestas organizadas por la buena mujer gracias a la bonita amistad con sus hijos, quienes me incitaban a divertirme y, a la par, a reducir mi ignorancia sobre la cultura amazónica. Así, aprendí a apreciar la gastronomía, la música, los modismos y otras expresiones culturales del oriente peruano.

Los asistentes solo bebían cerveza marca San Juan, que de a poco sustituían con masato, una chicha elaborada, principalmente, con yuca, y mientras esperaban los juanes y otros platos de fondo, engañaban al estómago con bocados de rosquitas de yuca, tacacho y cecina.

Todos conversaban con el cálido y expresivo tono “charapa”, caracterizado por el uso de un hermoso doble posesivo: “De mi mamá su casa”, “de mi tío su hija”, insólito para mi oído educado en el español cantado del norte del país.

Poco antes de la medianoche, la mujer que miraba por encima de sus anteojos pedía soltar la música y ordenaba: ¡A bailar! Adoraban (sin exagerar) a Los Mirlos y su cumbia de aires psicodélicos y acordes semejantes a las bandas de rock de la época, rotundamente distinta a la cumbia piurana de mi hogar. Se desataba el frenesí, al que me sumaba invitado por las hermanas y primas de mis amigos o por la matriarca dueña de casa.

De pronto, la doña interrumpía el bailetón para dar paso a los grupos de pandilla, danzantes con las caras pintadas, descalzos y portadores de lanzas y flechas. Los varones más alegres y desinhibidos vestían taparrabos, y las mujeres, muy coquetas, por cierto, cortísimas faldas.

Han regresado a mi memoria esas noches de pandillas y de las guitarras de Los Mirlos que ahora han sonado en un estudio de Washington. El sonido de la selva que 50 años atrás escuché es el mismo que el mundo finalmente ha decidido escuchar.