Cultural
Sin embargo, la reverencia con que hoy se contempla su obra puede hacer olvidar lo transgresora que resultó en su momento.
Su famoso lienzo Varayoc, de 1925, con su altiva figura de autoridad campesina, rompía con los cánones que orientaban los gustos de los coleccionistas locales a inicios del siglo XX.
Tres años después, José Carlos Mariátegui destacaría en la revista Mundial la sinceridad de una propuesta ajena a las exigencias del mercado.

La artesanía en escena
La influencia de Sabogal no quedó restringida al lienzo. Una de las facetas más reivindicadas por quienes han revisado su trayectoria es su interés por las artes populares. Luis Alberto Sánchez destacó que el pintor rescató la artesanía mediante estudios específicos.
Décadas después, Fernando de Szyszlo también reconocería que gracias a Sabogal se prestó mayor atención a esas expresiones.
No fue una preocupación circunstancial. Desde el Instituto de Arte Peruano promovió el estudio de las artes populares y publicó trabajos dedicados, entre otros temas, a Pancho Fierro, el mate burilado, el kero y la imaginería peruana. Su búsqueda contribuyó así a ampliar la idea de aquello que podía ser considerado parte de la cultura artística del país.
Su hijo, José Sabogal Wiese, recordó que su padre tenía una vocación constante por atender los temas peruanos. Solía decir: “Resido en Lima, pero vivo en el Perú”.
Un pintor discutido
Pero la aceptación estuvo lejos de ser unánime. El propio Sabogal recordó que a los indigenistas se los había llamado “cultores del arte feo”, expresión que aludía al rechazo que provocaba su propuesta. También recordó más de una vez que el calificativo de indigenista era usado para menospreciar su corriente artística, pero que él y otros habían sabido asimilar el término y usarlo con orgullo. No obstante, la polémica no desapareció con el paso de los años.
Juan Manuel Ugarte Eléspuru definió su imagen como la de una “peruanidad artística singular y exclusiva a la vez que precursora”. Pero Ricardo Grau llevó la discrepancia al extremo de sentenciar: “Si Sabogal es pintor, yo soy bombero”.
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Juan Ríos, en La pintura contemporánea en el Perú, cuestionó incluso los recursos formales de su obra. Afirmó que, “sin el menor sentido del matiz”, sus colores eran “groseros” y estaban “cercanamente emparentados con el duco”.
Fernando de Szyszlo ofreció una crítica más matizada. Consideró que su colega tenía limitaciones técnicas y presentaba una confusión entre “tema peruano” y “pintura peruana”, pero sostuvo que la pintura indigenista había constituido “la primera batalla por el arte moderno en el Perú” y que Sabogal era un nombre fundamental de la pintura peruana del siglo XX.
Al conocerse la muerte de Sabogal, el antropólogo Luis E. Valcárcel escribió que la obra de Sabogal había constituido “una verdadera revolución contra la Academia y contra el europeísmo” y que con ella había irrumpido el “Arte Peruano” en las altas esferas “con escándalo”.
Una huella singular
La contradicción ayuda a explicar la permanencia de Sabogal. No fue un artista aceptado pacíficamente por todos, sino uno que obligó a discutir qué podía ser una pintura peruana.
Su trabajo incorporó al imaginario artístico personajes, paisajes y formas culturales que hasta entonces ocupaban un lugar marginal en los circuitos de legitimación.
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