Opinión
El retroceso en PISA 2025 debe asumirse como un imperativo para el cambio real.

Docente de la Facultad de Educación de la PUCP
Toda esta tensión se agrava ante los resultados. En esta ocasión, la evaluación PISA 2025, en el área de Matemática, sitúa al Perú en un punto crítico, al obtener 382 puntos, lo que evidencia una caída de 9 puntos respecto a los 382 alcanzados en 2022 y amplía la brecha a 81 puntos por debajo del promedio de la OCDE (463 puntos). Es desalentador porque el desempeño por el que se ha trabajado frena la tendencia de avance mostrada anteriormente.
Sin embargo, limitar la discusión a una comparación de cifras sería un diagnóstico insuficiente, más aún cuando se observa una tendencia casi generalizada que nos lleva a pensar en quiénes son los responsables de esta crisis. Así, por estas semanas veremos a muchos adultos responsabilizando a otros sobre aquello que debieron o no hacer. Mientras tanto, los estudiantes serán los señalados por no responder bien, por no concentrarse o simplemente por no ser capaces de entender un problema contextualizado; y, muy probablemente, se activen protocolos formativos de urgencia para los profesores, quienes serán los primeros convocados a más charlas y talleres porque aparentemente no están preparados.
Ahora bien, ¿y si vemos que la verdadera llamada de atención de PISA evidencia una problemática más profunda en las aulas? Porque a pesar de muchos esfuerzos institucionales y la vocación de los maestros, los estudiantes continúan enfrentando serias dificultades para aplicar sus saberes matemáticos a la resolución de problemas reales. A lo mejor, podríamos atender el desafío de otra manera a la que estamos acostumbrados. ¿Y si en vez de enfatizar en el retroceso dialogamos sobre aquello que ya se hace y tiene buenos resultados?
Recordemos, además, que la prueba PISA no mide la memorización de algoritmos ni la ejecución mecánica de fórmulas; evalúa la capacidad de formular, emplear e interpretar la matemática en contextos variados y significativos. Cuando un estudiante no logra resolver una situación problemática, la falencia no suele ser la falta de datos, sino la ausencia de autonomía para traducir un problema cotidiano a un modelo matemático. Históricamente, la enseñanza ha priorizado la repetición de procedimientos abstractos sobre la comprensión conceptual. Como consecuencia, el estudiante percibe la disciplina como un conjunto de reglas desvinculadas de su entorno, inútiles para la toma de decisiones informadas. Ante este panorama, ¿cómo retomamos el sentido de la matemática con nuestros estudiantes?
La respuesta parece sencilla. Requerimos superar este escenario desde una transformación articulada entre la práctica pedagógica y las políticas educativas. No se trata de incrementar la ejercitación repetitiva, sino de migrar decididamente hacia el aprendizaje situado y el enfoque por competencias. Es indispensable diseñar experiencias de aprendizaje basadas en enfoques bien comprendidos que dinamicen la creación y resolución de problemas como eje central, que permitan a los estudiantes construir conceptos desde la interacción con situaciones auténticas.
Una matemática con sentido demanda enseñar a comprender el problema, idear estrategias heurísticas flexibles, verificar la coherencia de las soluciones y argumentar el razonamiento. Para ello, los docentes necesitan acompañamiento continuo que les permita estructurar entornos interdisciplinarios, lúdicos y retadores.
El retroceso en PISA 2025 debe asumirse como un imperativo para el cambio real que garantice el desarrollo de capacidades de razonamiento, interpretación y acción sobre su realidad a través de una matemática que aporte a su desarrollo y por ende del país. Empecemos a trascender la pizarra y devolverle a la matemática su valor humano y funcional.