Opinión
Periodista
Si mi padre estaba en casa, se portaba como la alumna más aplicada del venezolano Manuel Antonio Carreño, quien escribió en el siglo XIX un manual de urbanidad, etiqueta y moral. Pero si solo estábamos mi madre y nosotros, los chicos traviesos, se desarmaba pieza por pieza. Se despojaba de joyas, zapatos y ropa cara para vestir prendas baratas, caminar descalza y comer directamente de la olla “porque sabe más rico”, decía.
“Eres una huachafa”, le soltaba mi madre. Y ella respondía con carcajadas que Carreño hubiera censurado. Lo contradictorio es que esa misma mujer llamaba huachafos a los vecinos del barrio que vestían ropa barata no por elección sino porque no había otra, a los que comían sin seguir “reglas de urbanidad”, a los que hablaban sin cuidar las formas. Ella, que se quitaba el disfraz apenas cerraba la puerta, no se reconocía en el espejo de la huachafería que les ponía delante a los demás.
Leer a Vargas Llosa y recordar a esta mujer me llevó a buscar la palabra en el diccionario. La Real Academia define el peruanismo huachafería como “cursilería”, y dice que la persona es cursi cuando pretende ser elegante y refinada sin conseguirlo. Erróneamente, reduce a la huachafería a la simpleza de pretender elegancia y fracasar en el intento.
El nobel de literatura explica con precisión que aquellos que desdeñan o malentienden a la huachafería terminan sin entender al Perú, porque esta no es un defecto sino una estética, una manera de sentir, pensar, gozar, expresarse y juzgar a los demás. En suma, la propiedad que poseemos los peruanos para observar, apreciar o menospreciar el mundo.
Podemos asentir o rechazar el pensamiento del escritor. Al final de cuentas, todos tenemos la libertad de definir y sentir con exactitud qué es la huachafería. Pero lo que no podemos hacer es juzgar atrapados por la cursilería, y creer que la huachafería solo ocurre en la casa de otros, como esta mujer que nunca supo que su sencillo comportamiento, el de la olla, la carcajada y el caminar descalza era el comportamiento de quienes se ríen de sí mismos al reconocer sus verdaderas formas.
Esta es la huachafería que vale la pena defender, la que nos iguala, la que no juzga con la pretensión de sentirse superior sin argumentos, sin razones. La otra huachafería, la que se pone collar para mirar desde arriba, es la que tenemos que desterrar porque nos envuelve en un refinamiento impostado para proyectar estatus y señalar la escasez ajena.