Año de la Esperanza y el Fortalecimiento de la Democracia
  • MIÉRCOLES 30
  • de setiembre de 2026

Opinión

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Reflexiones

El silencio nuestro de cada día


Editor
Carmen Velarde Koechlin

Jefa del Reniec


Es lamentable que los colegios se hayan convertido en un reflejo fiel de nuestra sociedad: violenta, impune, dejada y escondida en un silencio cómplice. Parece que se nos hubiera amputado la voz.

La vida humana es sagrada. El derecho a la vida significa tener una existencia de respeto, amor y aceptación de nuestras diferencias. La diversidad nos enriquece; ¿por qué tendría que significar acoso, rechazo o palizas como si ser diferente fuera un delito?

Aunque quien perpetre una vejación sea menor de edad, el deber de responsabilidad tiene que aplicarse a todos. Espero que este hecho no quede impune y que el ataque perpetrado en un bus escolar despierte al Perú para tomar acción ya.

Lamento que este hecho involucre a un colegio determinado; la pus salió por ahí, pero pudo haber ocurrido en cualquier otro centro educativo. No nos quedemos solo en juzgar el caso concreto: estos hechos llevan años escondidos bajo el nombre de bullying, pero deben denominarse por lo que son: violencia física, psicológica y sexual.

Que el Ministerio de Educación no se quede solo en este caso; es la gran oportunidad para tomar medidas que erradiquen la ferocidad y la barbarie escolar.

Pero debe revisarse también el problema más grande: el silencio. Ese mutismo cómplice con el que escondemos estas situaciones bajo el espejismo de “juegos” o “no fue mi intención”. Los peruanos ya no podemos hacernos de la vista gorda.

Todos callamos. Callamos cuando vemos un delito en la calle y no hacemos nada, cuando invisibilizamos un hecho delictivo para que “todo quede en casa”, o cuando quien vulnera los derechos de un niño es un familiar y se prefiere no denunciar.

No más, ya no puede haber más silencio; las cosas hay que decirlas por su nombre. Tampoco puede haber silencio para evitar nuestras propias obligaciones.

Ojalá los padres de los involucrados salgan a pedir perdón a la víctima. Romper el silencio empieza por decir “lo siento”, apoyando la recuperación y no guareciéndonos bajo la ceguera. Es hora de despertar, no callemos.