Año de la Esperanza y el Fortalecimiento de la Democracia
  • LUNES 12
  • de octubre de 2026

Opinión

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Hacia un Perú social, económico y tecnológico


Editor
Oscar Vizcarra Hidrogo

Consultor empresarial y catedrático universitario


Para lograr este objetivo, es esencial invertir en el talento humano mediante la formación y la especialización técnica, dotando a los trabajadores de capacidades para responder a las exigencias de la industria moderna y los mercados internacionales.

En este proceso resulta fundamental establecer una adecuada interrelación entre el ser humano y las nuevas tecnologías. La incorporación de máquinas, sistemas automatizados, inteligencia artificial y otras herramientas tecnológicas debe entenderse como una oportunidad para mejorar la productividad y las condiciones de trabajo, y no únicamente como un mecanismo para sustituir al trabajador.

Para concretar este cambio de visión es necesario que el Estado y las organizaciones empresariales trabajen de manera coordinada y establezcan objetivos comunes. Los proyectos de inversión y desarrollo empresarial deben incorporar una dimensión ética y humana, promoviendo comportamientos socialmente responsables y generando condiciones que contribuyan a construir una sociedad más integrada, productiva y estable.

Asimismo, el Estado y las empresas deben fortalecer políticas de responsabilidad social corporativa y de convivencia armónica con el entorno. El crecimiento económico no puede desvincularse de las necesidades de la población. Por el contrario, debe contribuir a reducir la pobreza, disminuir la violencia y la inseguridad social, ampliar las oportunidades y generar un crecimiento sostenido que permita mejorar efectivamente la calidad de vida de los ciudadanos.

Empleo digno, alimentación, vestido, vivienda, salud, educación, acceso al crédito, descanso y seguridad para todos no deben ser considerados únicamente como aspiraciones, sino como objetivos fundamentales de una sociedad que pretende avanzar hacia un desarrollo verdaderamente integral. 
La prosperidad de una nación no se mide solamente por sus indicadores económicos, sino también por las oportunidades que ofrece a sus ciudadanos y por la dignidad con la que estos pueden desarrollar sus proyectos de vida.