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FOTOGRAFIA
A 200 años del nacimiento del pintor Luis Montero

Historia de un cuadro

“Los funerales de Atahualpa” marca un hito en la escena artística del Perú y América Latina.

Montero, un prometedor artista, fue, según asevera la tradición, becado por el gobierno de Ramón Castilla para especializarse en pintura en Italia. Estando allí, decidió hacer una obra de grandes dimensiones inspirada en un pasaje de nuestra historia.

Tomando como guía el relato de la muerte de Atahualpa del historiador norteamericano William H. Prescott en su libro Historia de la conquista del Perú (1847), se puso a trabajar en una gran tela. El proyecto lo llevaría a realizar una de las composiciones más ambiciosas de la pintura peruana del siglo XIX.

En su afán por lograr verosimilitud, hizo buscar como modelo para el rostro del inca a un peruano fallecido en Italia: el pintor arequipeño Francisco Palemón Tinajeros, quien había muerto en Florencia en 1865. Montero encontró en sus facciones un referente para representar al soberano andino.

El proyecto le demandó varios años. Aunque su ejecución se sitúa entre 1865 y 1867, el artista ya se encontraba en Florencia desde 1862, durante su tercer viaje a Europa. En 1867, concluyó el cuadro, y su taller italiano se convirtió en una eventual sala de exposiciones. Entonces se iniciaría allí su periplo por varios países.

Un viaje de regreso

En su camino al Perú, Los funerales de Atahualpa se exhibió en Brasil, Uruguay y Argentina. El gran reto era encontrar salas con el tamaño adecuado para una tela de semejantes proporciones: 3.50 metros de alto por 5.37 de ancho. El óleo representa las exequias del último soberano inca; una escena marcada por la tensión entre los conquistadores españoles y las mujeres que reclaman honores para el difunto.

La historiadora del arte Natalia Majluf considera que la obra constituye una pieza inaugural de la pintura de historia en América del Sur. Su formato monumental, el tratamiento de un tema local y el dramatismo de la composición cautivaron a la crítica de la época. A partir de un pasaje relativamente breve de Prescott, Montero construyó una escena compleja que convirtió un episodio de la conquista en una imagen de alcance nacional.


El cuadro llegó a Lima en 1868. El Congreso aceptó la donación del artista mediante una ley del 26 de octubre de ese año, que dispuso concederle una medalla de oro en reconocimiento a su trabajo. La norma también contemplaba una recompensa económica y ordenaba colocar la pintura en el salón de sesiones del Parlamento.

Un dato significativo aparece en la primera página de la edición del Diario Oficial El Peruano del 31 de octubre de 1868, donde se publicó la ley. El texto empieza con el encabezado “Sección de Gobierno” y menciona al ciudadano José Balta, entonces presidente constitucional de la república.

En sus considerandos, el Congreso reconoce que el pintor había ofrecido un cuadro que representaba los “funerales de Atahualpa”, y que correspondía premiar su talento y esfuerzo, además de estimular el cultivo de las bellas artes en el país.

La disposición no solo aceptaba una pintura. También reconocía la importancia de incorporar una obra de tema histórico peruano al patrimonio público.

Una obra recuperada

El destino del lienzo cambiaría durante la Guerra del Pacífico. En 1881, las tropas chilenas lo trasladaron a Chile tras la ocupación de Lima. Su retorno se concretó en 1885 gracias a las gestiones de Ricardo Palma y de otras personas comprometidas con la recuperación de los bienes culturales peruanos.

José Alberto Christiansen, director de la Pinacoteca Municipal Ignacio Merino de la Municipalidad Metropolitana de Lima, destacó en conversación con El Peruano la importancia de la labor de Palma, cuyas gestiones permitieron seguir el paradero de la pintura y contribuir a su repatriación.

Tras su retorno, el cuadro pasó por distintas etapas de exhibición y conservación. Fue mostrado en la Biblioteca Nacional, que Palma dirigía, y posteriormente estuvo en el Palacio de la Exposición. En 1961, quedó vinculado al Museo de Arte de Lima (Mali) mediante acuerdos de préstamo institucional.

Actualmente, la pintura se exhibe en el Mali bajo custodia de esta institución. El titular de la obra sería la Pinacoteca Ignacio Merino. Christiansen señala que esta obra y algunos materiales dispersos en muestras y colecciones permiten al público acercarse al legado de Montero, cuya producción no se encuentra reunida en un solo espacio.

Para el historiador del arte y perito Marco Cabrera, la trayectoria de Montero representa un punto de quiebre en la pintura nacional. Su trabajo no solo contribuyó a la modernización de las artes plásticas en el Perú, sino que también alcanzó repercusión fuera de nuestras fronteras gracias a las exposiciones realizadas en distintas ciudades sudamericanas.

Clásico revalorado

En los últimos años se han identificado y ubicado pinturas de Montero que permanecían fuera del foco público. En abril de 2024, El Peruano informó sobre la investigación de Marco Cabrera en torno a El mendigo y su hija, una obra sin firma conservada en el Museo Central del Banco Central de Reserva. El estudio permitió establecer su relación con la exposición organizada en Lima en 1860 y precisar aspectos de la primera muestra de pintura realizada en el país. Un año después, en abril de 2025, estas páginas dieron cuenta de la aparición de La lección de pintura y La carta, dos obras vinculadas a Montero que se encontraban en una colección privada. El análisis de sus características materiales y estilísticas permitió profundizar en la discusión sobre su autoría y procedencia.

Dato

42 años de vida tenía Luis Montero al momento de fallecer.