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  • de octubre de 2026

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Suplemento Jurídica: IA en el Derecho, pautas para evitar sesgos y proteger las garantías procesales

IA, deshumanización y el derecho que viene


Editor
Ronald Jesús Alarcón Anco

Docente e investigador en la UNMSM. Especialista en IA aplicada al Derecho


Nos hallamos fascinados o ingenuamente aterrorizados por la IA. Mientras la burocracia estatal celebra la digitalización de expedientes y la firma escaneada como si el formato PDF fuera la cúspide de la Ilustración, la IA generativa ha empezado a redactar demandas, estructurar alegatos y proyectar resoluciones en fracción de segundos. 

El fetichismo procedimental peruano, históricamente adicto al sello, al arancel, a la fianza y al trámite barroco, descubre de pronto que una máquina puede simular la exégesis tradicional con pasmosa elegancia, cero fatiga y perfecta sintaxis.

El verdadero drama no radica en que las máquinas piensen, sino en que muchos operadores del Derecho lleven décadas razonando como si fueran máquinas. La aplicación mecánica del silogismo judicial, el positivismo ramplón y la repetición irreflexiva de jurisprudencia convirtieron al jurista en un artesano de la copia y el pegado. Por ello, la irrupción de la IA no amenaza la función del pensador crítico; amenaza, únicamente, al burócrata del lenguaje legal. Pretender prohibir o ignorar estas herramientas en el foro judicial o en el aula universitaria es una postura tan trágica e ingenua como la de aquellos teólogos que pretendían frenar la imprenta citando el valor sagrado del manuscrito.

El quiebre de los  vínculos jurídicos
El fenómeno que presenciamos no es una simple aceleración técnica; es una mutación en los lazos sociales y en la estructura misma del tráfico jurídico. Asistimos a la emergencia de una sociedad donde la confianza ya no se deposita en la fe pública de la institución estatal o en la palabra del funcionario, sino en el protocolo cifrado, el smart contract y la predictibilidad del dato masivo (big data). Las categorías tradicionales del Derecho sustantivo quedan rebasadas:

• En el Derecho Civil: la autonomía de la voluntad se desplaza hacia la adhesión a términos algorítmicos. ¿Cómo aplicar la teoría del acto jurídico, la culpa o el riesgo creado cuando el daño patrimonial o extrapatrimonial es generado por una red neuronal cuya caja negra (black box) resulta incomprensible incluso para sus propios programadores?
• En el Derecho Penal: la imputación objetiva y el principio de culpabilidad colisionan con sistemas de decisión autónoma. ¿Responsabilidad del usuario, del desarrollador o del propio algoritmo? La insistencia en aplicar la dogmática penal del siglo XIX a la delincuencia cibernética y la gobernanza algorítmica es un ejercicio de anacronismo puro.

Si la dogmática jurídica insiste en concebir las relaciones humanas bajo el prisma decimonónico de la presencia física y el papel sellado, terminará regulando un mundo de fantasía mientras la realidad social discurre por canales que los abogados ni entienden ni alcanzan a procesar.

Arbitrariedad automatizada
El riesgo del presente no es la ciencia ficción de una “rebelión de las máquinas”, sino la paulatina deshumanización de la tutela jurisdiccional. La analítica predictiva y los modelos algorítmicos prometen celeridad y neutralidad, pero operan sobre la base de datos históricos que reproducen y magnifican las patologías, los sesgos y las desigualdades del propio sistema social.

Cuando delegamos la evaluación de la peligrosidad procesal en materia penal, el cálculo de una indemnización civil o la ponderación de la prueba a sistemas automatizados sin auditoría pública, no estamos modernizando la justicia: estamos automatizando la arbitrariedad.

Desde la dogmática constitucional y procesal, el desafío urgente consiste en edificar la categoría del debido proceso algorítmico. Esto exige consagrar el derecho inalienable a la explicación del razonamiento de la máquina (right to explanation), la contradicción sobre la lógica del código fuente y la presunción de humanidad en la decisión judicial. La justicia no es una ecuación de optimización de datos o un balance de probabilidades; es una práctica social y ética que exige empatía, valoración del contexto y responsabilidad moral frente al ser humano.

Ruptura epistemológica 
Frente a esta marea tecnológica, la investigación científica y la docencia universitaria se encuentran en una encrucijada definitiva. El modelo tradicional de tesis de pregrado y posgrado basado en la mera recopilación normativa, la exégesis de dos códigos o la paráfrasis doctrinaria ha quedado herido de muerte; cualquier modelo de lenguaje de última generación redacta ese tipo de monografías en cuestión de segundos y con mayor nivel de citación. 

El posgrado universitario exige una rigurosa alfabetización tecnológica e inteligencia metodológica. Aprender a usar la IA no significa convertirla en un oráculo omnisciente que piense por el investigador, sino emplearla como un copiloto analítico sometido a un estricto control de validez, alineación sistemática y verificación empírica. El investigador debe transitar del formalismo abstracto a la evidencia empírica asistida, integrando la dogmática jurídica con la analítica de datos, la sociología del Derecho y la ética computacional.

La decisión inevitable
La tecnología no nos esperará a que terminemos de redactar la siguiente reforma legislativa ni a que los tribunales resuelvan sus retrasos procesales. Si los juristas no asumimos la gobernanza digital, el diseño de la justicia del futuro será redactado por ingenieros de sistemas, economistas y corporaciones tecnológicas que conciben la eficacia sin el estorbo de las garantías procesales ni los derechos fundamentales.

Si nos limitamos a contemplar este cambio con resignación o con un miedo paralizante, seremos comparsas de una transformación que nos superará; seremos, en el mejor de los casos, los autores de una historia contada a medias, donde el Derecho fue un testigo impotente de su propia irrelevancia. Dominar la IA, comprender su arquitectura metodológica y someterla a los imperativos de la dignidad humana es la única vía para asegurar que la técnica continúe al servicio de la justicia y no a la inversa.