Opinión
Hoy, el número de peregrinas se ha incrementado considerablemente, afianzando en la mujer su autovaloración

Facultad de Humanidades, Universidad de Piura
Del libro de actas deducimos que la fiesta se celebraba con representaciones de comedias, corrida de toros, luminarias y fiestas; todo al son de campanas y complementado con carrera de venados, matanza del cuy, danzas y entremeses.
Ya en época republicana (1957), los sacerdotes encargados de la iglesia de Ayabaca, Telmo Vegas y Juan Ancajima, decidieron que la imagen del Cautivo debía peregrinar por Sullana, Las Lomas, Piura, Catacaos, Chulucanas y Talara. A este objetivo religioso se sumó el económico, ya que se recolectó una limosna que sobrepasó los 117,000 soles, utilizados para la reconstrucción del templo. Es lógico pensar que esta visita del Cautivo impulsó la peregrinación inversa, es decir, de los fieles hacia Ayabaca. Probablemente, los milagros recibidos provocaron que hombres y mujeres oriundos de distintos pueblos hicieran “promesa” de asistir cada año a Ayabaca, aunque no necesariamente caminando. Sabemos por el testimonio de Blanca Lindaura Acuña Bardales que, para 1960, cuando hizo a pie esta peregrinación para agradecer por la vida de su padre, aún no caminaban otros devotos hacia Ayabaca. Por tanto, asumimos que las primeras mujeres peregrinas son de esta década.
Junto a Blanca Acuña las demás mujeres entrevistadas coinciden en que sentían que el Cautivo escuchaba sus plegarias porque eran testigos de curaciones, soluciones de problemas y otros logros que solo generaron en ellas agradecimiento y dolor por no poder seguir peregrinando en la actualidad debido a su avanzada edad. A esta causal se suma el afán de ver una imagen que durante varios años fue el centro de su formación religiosa por parte de sus madres.
El largo camino a Ayabaca implicaba una serie de gastos en comida, plásticos, medicina y objetos de devoción, y por ello se hacía necesario ahorrar anticipadamente. En el aspecto religioso también había una preparación previa de oraciones, rezos de rosario y ensayos de cánticos tal como mencioné en el artículo “El viaje devoto: mujeres peregrinas del Señor Cautivo de Ayabaca” , publicado en la revista Memoria y Civilización: Anuario de Historia.
En los inicios, algunas mujeres fueron acompañadas por personas a su servicio, lo que generó ciertas diferencias sociales frente a aquellas que iban con amigos, familiares o hermandades. La necesidad de compañía se debió a los múltiples peligros y dificultades que hay que superar en varios tramos del camino, como el acecho de animales, lluvias, pendientes, entre otros. A pesar de ello, estas mujeres realizaron durante varios años consecutivos este viaje porque su fe las impulsaba a cumplir su “promesa”. El número máximo de años en que viajaron es de 22, cifra nada despreciable por todo el esfuerzo que implicaba esta caminata.
En todos los casos ayudó el apoyo religioso, emocional y material entre los integrantes del grupo con que caminaban y con los que compartían también oraciones, cánticos, ritos, alegrías y miedos. En ese sentido, las peregrinaciones les permitieron participar activamente en la construcción de la religiosidad peruana, establecer redes sociales y aportar a la memoria colectiva.
La peregrinación permitió distinguir roles diferenciadores entre varones y mujeres: ellos fueron los encargados de ayudar con las cargas pesadas, de rodearlas mientras dormían,de defenderlas ante cualquier peligro. Ellas, por su parte, mostraban caridad en la repartición de sus alimentos, lloraban en situaciones especiales, mostraban temor en la oscuridad y caminaban un poco más lento. Y todos juntos oraban, cantaban y, por supuesto, compartían silencios reflexivos, extendiéndose el valor de esta práctica de religiosidad colectiva.
Lo importante es que todas llegaron a postrarse ante el Cautivo y experimentaron emociones indescriptibles de felicidad, para regresar luego a casa muy satisfechas, alegres y fortalecidas en su fe.
Hoy, el número de peregrinas se ha incrementado considerablemente, lo que afianza en la mujer su autovaloración y religiosidad porque han constatado que pueden construir, reinterpretar y fortalecer su identidad dentro de las actividades espirituales y económicas, influyendo positivamente en la sociedad.