Opinión
“El Perú no puede evitar El Niño, pero sí el daño recurrente y evitable que produce”.

Directora de la Dirección de Investigación y Estudios del Concytec
El escenario se pone aún más preocupante cuando revisamos las cifras de exposición ya cuantificadas por Cenepred: cerca de 4 millones de personas y 113 distritos en riesgo muy alto por inundaciones, casi 2 millones de personas y 263 distritos en riesgo alto por movimientos en masa y un poco más de 600,000 personas en riesgo muy alto por sequías.
Estas cifras no solo nos alarman, sino que nos hacen reflexionar sobre el abordaje de este fenómeno, empezando por definir y delimitar el problema público que, en este caso en particular, no es el fenómeno en sí mismo, sino la persistencia de daños que, a su vez, son evitables, tanto las pérdidas sociales y económicas como la infraestructura y las actividades productivas del país. Desde una mirada de la ciencia, la tecnología y la innovación, el problema público específico es la insuficiente capacidad del sistema nacional de CTI y de las entidades responsables de la gestión del riesgo para transformar los datos, los conocimientos, los modelos y las tecnologías disponibles en servicios interoperables de alerta, protocolos sectoriales, soluciones de adaptación y decisiones anticipatorias, validadas y sostenibles a escala territorial. Asimismo, este fenómeno produce daños en cuatro dimensiones simultáneas: en la salud, en los medios de vida, en los ecosistemas y en la infraestructura.
La evidencia sobre investigaciones, desarrollos o innovaciones generada en los últimos cinco años en nuestro país vinculada al fenómeno El Niño demuestra que como ecosistema de CTI generamos conocimiento suficiente, el cual tiene una alta asimetría territorial, mayoritariamente con alcance nacional o centrado en regiones del norte de nuestro país, teniendo una falta de representación de la sierra sur y la Amazonía, pese a que las proyecciones señalan a los departamentos andinos y amazónicos como los de mayor incremento relativo del riesgo.
Por otro lado, existe la asimetría sectorial: la agricultura aporta con menor evidencia generada respecto a otros sectores, siendo difícil de justificar frente al peso de las pérdidas agrícolas en los balances oficiales de daños.
Las condiciones estructurales que explican la persistencia del daño están relacionadas con el hecho de que hacemos una investigación reactiva; estas se generan mayoritariamente después de cada evento en lugar de ser anticipatorias. Por otro lado, este conocimiento producido está desarticulado e impide que se traduzca en instrumentos de gestión necesarios para la operación rutinaria y sin poner además en valor la pertinencia cultural y el conocimiento ancestral. Si además necesitamos que una solución llegue a operar, tenemos que contemplar que una solución tecnológica no está concluida con la entrega de un modelo, un aplicativo o un prototipo; tenemos que ser capaces, desde su diseño, de contar con un proceso institucional identificado, una entidad usuaria responsable y una decisión concreta que se pretenda mejorar, así como identificar la ruta de adopción, los recursos para la continuidad y las condiciones de escalamiento definidas desde la formulación; esto sin olvidar que la validación es un proceso importante para conocer su desempeño en condiciones operativas reales y con participación de los equipos que usarán la solución.
Otro tema recurrente para que una solución llegue a aplicarse es la interoperabilidad. Generar soluciones que luego queden estancadas resulta altamente ineficiente; es mandatorio tener claridad sobre los estándares de intercambio, sobre los metadatos, las reglas de validación e interfaces documentadas, así como mecanismos de seguridad, actualización y control de versiones con la finalidad de garantizar la sostenibilidad de la operación de una solución en campo. Finalmente, la evaluabilidad de toda intervención (llámese solución) debe ser intrínseca a su puesta en marcha, evitando que el financiamiento público produzca intervenciones sin impactos reales.
El Perú no puede evitar El Niño, pero sí el daño recurrente y evitable que produce; y es justamente ese daño, y no el evento, el problema público sobre el cual la ciencia, la tecnología y la innovación pueden intervenir. La brecha mayor no está en el conocimiento disponible, sino en su traducción operativa: en la capacidad de transformarlo en decisiones, protocolos y servicios que las instituciones usen de forma rutinaria.