Opinión
Periodista
Ocurrió a finales de los años setenta e inicios de los ochenta, cuando un entrañable amigo (QEPD) me lanzó la brillante idea de reproducir las fotos de la agrupación que su hermana, de 12 años, había comprado y vender las copias a la salida de los colegios. No teníamos estudios de mercado ni alma de marketeros. Solo contábamos con una intuición y una clientela que no tardó en rodearnos.
El negocio creció tanto que nos animó a seguir a Menudo por cuanta ciudad peruana visitaba. Fotografiabámos a Xavier, René, Ricky, Miguel y Johny, y vendíamos sus retratos a jovencitas dispuestas a desprenderse del poco dinero que tenían.
Casi medio siglo después, aquella historia parece haber encontrado una versión monumental en los tres conciertos de BTS en el Estadio San Marcos, que reunieron a unos 150,000 asistentes. Si bien las dimensiones son distintas, la escena de los gritos, las colas y las fotografías se repite. Antes eran las fotos analógicas de cinco muchachos puertorriqueños; ahora es una comunidad global de seguidores y una cultura digital.
Hay otro rasgo común. Ayer como hoy, la admiración por los artistas termina interfiriendo en la propia vida de algunas de sus fans.
Una investigación publicada en 2019 en la revista BMC Psychology encontró que la adoración a las celebridades se relaciona con tres fenómenos. El primero es el uso de Internet, que puede llegar a interferir con las actividades cotidianas. El segundo, la tendencia a refugiarse en fantasías que desplazan a la vida real. El tercero, el deseo de alcanzar reconocimiento público.
Los investigadores encontraron que admirar a un cantante, emocionarse en un concierto o seguir sus publicaciones en las redes sociales no constituye un problema en sí mismo. La preocupación aparece cuando esa admiración comienza a desplazar a otras dimensiones de la vida. Cuando las fantasías ocupan el lugar de las experiencias reales, la conexión digital resta tiempo a las responsabilidades o la necesidad de reconocimiento termina condicionando la propia valoración personal.
Aun así, sería injusto atribuir un comportamiento patológico a todas las muchachas que cantan y lloran, pues una comunidad de seguidores también puede ser un espacio de pertenencia y amistad. La cuestión no está en cuántas canciones se escuchan o cuántas fotos se guardan, sino en cuánto espacio ocupa esa pasión en su vida.
Cuando recuerdo aquellas jornadas detrás de Menudo, la emoción de los miles que se reunieron en San Marcos me resulta tan familiar y natural. Lo importante, sin embargo, es preguntarnos cuánto espacio deben ocupar los ídolos en nuestras propias vidas.