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  • de octubre de 2026

Cultural

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Monasterio de Santa Teresa de Ayacucho conserva piezas de arte llegadas de Asia, Europa y América

Las investigaciones reunidas en el libro Un claustro abierto al mundo a través del arte, editado por Andrés De Leo y Diana Castillo Cerf, permiten reconstruir parte de esas conexiones.

Uno de los hallazgos está en los textiles. Durante el trabajo de catalogación se identificaron 15 piezas procedentes de Asia vinculadas con Filipinas.

Se trataba de productos destinados originalmente al uso civil y a la vida cotidiana de las mujeres, que formaban parte de las modas del siglo XVIII y de los circuitos comerciales que comunicaban Asia y Europa.

Una parte de esa producción permanecía en los territorios americanos.

Esos textiles también adquirieron nuevos usos. Algunos fueron adaptados para vestir imágenes religiosas y otras piezas de culto.

Su presencia recuerda, además, los mantos utilizados por las mujeres limeñas de la época de las tapadas y muestra cómo materiales concebidos para la vida cotidiana podían incorporarse a las prácticas religiosas.

El descubrimiento fue posible gracias a un trabajo que comenzó en los depósitos del monasterio.

El equipo tuvo que adaptar espacios y ordenar almacenes que conservaban objetos acumulados durante generaciones.

Se catalogaron más de 2,000 piezas o fichas, entre ellas objetos de cristalería y platería. La investigación de cada una permitió establecer o aproximarse a su procedencia.

“El principal paso para conservar el patrimonio es saber qué hay”, explica De Leo al Diario Oficial El Peruano.

El inventario mostró que a lado de las piezas de procedencia extranjera existía una importante producción local.

Había objetos ayacuchanos, pero también pinturas italianas, mobiliario de tradición alemana, platería mexicana y relicarios vinculados con santos italianos, además de una reliquia de santa Teresa.

La colección incluye asimismo cristos de marfil procedentes de Asia y cruces relacionadas con Jerusalén.

Para De Leo, esta variedad permite observar cómo la circulación de bienes y modelos culturales se reflejaba en la vida de una comunidad religiosa asentada en los Andes.

Las propias obras producidas en Ayacucho absorbieron parte de esa diversidad.

Un archivo material

El nombre del libro alude precisamente a esa condición. El claustro conserva la huella de un intercambio que no se limitaba a las grandes ciudades o a los principales centros comerciales.

Los objetos llegaban a un espacio de clausura, y allí eran incorporados a prácticas, devociones y formas de vida locales.

La conservación de este conjunto durante tres siglos constituye, además, un caso singular.

La comunidad de Carmelitas Descalzas mantuvo los objetos sin desecharlos, lo que permite observar hoy una diversidad que, según De Leo, no necesariamente sobrevivió en otros claustros.

El proyecto fue desarrollado por la UTEC, el Fondo del Embajador y la comunidad de Carmelitas Descalzas de Ayacucho.

El trabajo de investigación y catalogación tuvo que adecuarse a los tiempos propios de una comunidad que continúa viviendo en clausura.

El acceso del público también es resultado de un proceso reciente. Durante años las religiosas evitaron mostrar la colección debido al riesgo de engaños y robos.

La implementación de sistemas de seguridad permitió abrir una parte del patrimonio para su conocimiento y exhibición sin interrumpir la vida cotidiana del monasterio.

El libro reúne solo una parte de lo encontrado. La colección es todavía más diversa que lo que pudo incluir la publicación.

Queda así abierto un campo de investigación sobre los objetos que llegaron a los Andes, las rutas que siguieron y las transformaciones que experimentaron al incorporarse a la vida religiosa de Ayacucho. 

ECG