Año de la Esperanza y el Fortalecimiento de la Democracia
  • JUEVES 29
  • de octubre de 2026

Opinión

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Reflexiones

La palmada en la espalda


Editor
Christian Capuñay Reátegui

Periodista

ccapunay@editoraperu.com.pe


La temporada pasada, a estas alturas, el título estaba encaminado gracias al desempeño en ambos torneos. Este año, en cambio, se perdieron puntos importantes, especialmente al inicio, lo que provocó el cambio constante de entrenadores, la pérdida del Apertura y una confianza en el equipo debilitada.

Parte de la responsabilidad corresponde a la dirigencia. Salvo excepciones, los refuerzos no ofrecieron el rendimiento esperado y los entrenadores fueron incapaces de construir un funcionamiento colectivo convincente.

El retorno de Fabián Bustos parece haber corregido el rumbo. Universitario ha sumado siete de los últimos nueve puntos y algunos futbolistas antes relegados han recuperado protagonismo. Hay quienes atribuyen esta mejoría a la capacidad del argentino para conectar con el vestuario. Surge entonces una pregunta que trasciende la actualidad crema: ¿hasta qué punto la performance de un futbolista depende de su relación con el entrenador?

Existe la percepción de que el jugador peruano necesita algo más que un técnico capaz de diseñar estrategias y organizar sistemas de juego. Requiere también a alguien que lo comprenda, lo motive y lo haga sentir importante. Un entrenador próximo, incluso paternal.

No es una idea descabellada. Juan Carlos Oblitas, cercano a sus dirigidos, estuvo a punto de clasificar al Perú al Mundial de 1998. Ricardo Gareca, con un estilo similar, consiguió devolver a la selección a una copa del mundo después de 36 años.

Sería injusto atribuir aquellos resultados únicamente a la relación entre entrenadores y jugadores. Hubo también trabajo táctico, continuidad, decisiones acertadas y futbolistas que respondieron a las exigencias de la competencia.

La confianza es importante en cualquier actividad humana, y el fútbol no es una excepción. Un entrenador que conoce a sus jugadores dispone de una herramienta valiosa. Pero una cosa es que esa cercanía favorezca el rendimiento y otra que se convierta en condición indispensable para alcanzarlo.

Un futbolista profesional debería mantener su compromiso, disciplina y entrega incluso cuando no comparte las decisiones de su entrenador o carece de afinidad con él. Su responsabilidad no puede depender de una palmada en la espalda o de la simpatía que le inspire quien ocupa el banquillo.

Aunque desde luego no sería la única explicación, cabe preguntarse si esa dependencia emocional, cuando resulta excesiva, también influye en las dificultades de algunos futbolistas peruanos para consolidarse en el extranjero.

Un buen entrenador puede ayudar a un futbolista a encontrar su mejor versión. Lo que no debería ocurrir es que, cuando ese entrenador se marcha, esa mejor versión se marche con él.